l   julio 20, 2018   l  

Rusia 2018 Valdano y el DeLorian de McFly





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La final había terminado hacía apenas unas horas, Francia acabada de consagrarse campeón al derrotar a Croacia 4-2 y ya era hora de emprender la vuelta hacia Uruguay. 

El camino de retorno no era corto. Tres horas desde Moscú hasta Estambul, 17 hasta Buenos Aires, una noche allí, y luego dos horas y media en Buquebús hasta Montevideo. 

Antes de eso, debí tomarme un tren desde la estación de Kievskaya hasta Vnukovo, uno de los tres aeropuertos de Moscú. Aunque era un viaje de solo una hora, tenía ciertas ganas de dormir, pero, cuando me aprestaba a hacerlo, una conversación en el asiento de adelante me lo impidió.

Un hindú, que vivía en Houston y se definió como hincha del fútbol, le sacó charla a un brasileño, que trabajaba en un banco y vivía en San Pablo. Seguramente, ustedes estarán pensando que soy un chusma y, la verdad, no encuentro argumentos para defenderme. Lo cierto es que la conversación fue avanzando y el paulista, que tenía un destacado conocimiento del juego, aún estaba triste por la eliminación de Brasil, aunque se consolaba con el rendimiento del equipo en el segundo tiempo ante Bélgica. «Hizo méritos, pero… es fútbol», dijo con cara de circunstancia. En un momento determinado, no sé cómo ni por qué, ambos comenzaron a hablar de Uruguay, de su «humildad», de su «milagro», etc. Cuando el brasileño dijo «son increíbles» no me aguanté y me metí intempestivamente en la conversación: «That’s right!» Los dos rieron mientras miraron hacia atrás y, luego de mis disculpas, los tres hablamos un rato sobre la locura del fútbol uruguayo. 

Este tipo de situaciones fueron bastante normales durante mi estadía en Rusia, lo cual es mucho decir para alguien que tenía nueve años en México 86, un momento en el que el mundo tenía una imagen de Uruguay totalmente opuesta a la actual. 

Recuerdo que durante ese torneo, mi padre me comentó que Jorge Valdano, en aquel entonces jugador de la selección argentina, había dicho que le daba «lástima, asco y vergüenza ver jugar a los uruguayos». Nunca olvidé esa frase. 

Cuando 32 años después, estando en Rusia cubriendo la Copa del Mundo, leí lo que escribió Valdano en relación a la actual selección uruguaya, inmediatamente rememoré aquella charla con mi padre, como si hubiera sido ayer, y me reí al recordar mi indignación. Mi padre trataba de explicarme, pero yo no podía lidiar con la ira y el odio, tal vez porque en el fondo intuí que Valdano podía tener razón. Pero al tomar el DeLorean de Marty McFly para volver al futuro -o al presente- reparé en cada frase del Valdano sesentón con cierto regocijo. «En 2018, Uruguay sigue siendo Uruguay. En esta Copa del Mundo, fueron el mismo colectivo que siempre fueron, una lección de vida y también de derrota», dice entre otras muchas cosas la columna de Valdano en The Guardian, que actuó en mí como la mismísima magdalena de Proust. 

Como vemos, mucho ha cambiado en estos últimos 32 años y aquel Uruguay casi despreciado, se ha transformado en sujeto de respeto, simpatía y admiración. 

Uruguay es reconocido por el talento de sus jugadores, pero sobre todo por su corazón, su compromiso, su sencillez y humildad. 

Además de recuperar la continuidad competitiva que se había perdido durante cuarenta años, esta selección ha logrado transmitir valores, que van más allá del deporte y que, en una sociedad en donde el fútbol es tan importante, se filtran hacia otros ámbitos. 

Es difícil no identificarse cuando Tabárez dice «ganar sin estridencias y perder con dignidad», especialmente porque no se trata solo de una frase bonita, sino de algo que luego se aprecia en los hechos. 

De esta forma, la selección ha logrado una credibilidad insólita en los tiempos que corren y ha generado una hinchada propia que no tiene nada que ver con las tradicionales. No es incondicional, pero sí más sana, si se quiere más inocente, vive el fútbol como un espectáculo y es mucho más respetuosa y educada. 

En gran medida liderado por niños y mujeres, este público tiene memoria, es agradecido, se aleja de la inmediatez de la sociedad del Twitter y no sataniza por resultados o errores puntuales. Es la gente que fue a recibir a Uruguay a las tres de la mañana y que se empeñó en alentar a Muslera, seguramente porque interpretó que era el que más lo necesitaba. 

Por supuesto, también están los otros. Esos que -a pura homofobia- insultaban a Cristiano y a Portugal por las calles de Sochi. O los que prefieren las patadas en vez de los llantos. O los que que se quejan por salir quintos y califican de fracaso la actuación en Brasil 2014. También están los que creen que Croacia demuestra que las carencias demográficas no influyen y que los procesos largos no sirven para nada.

Pero, más allá de todos ellos, que aún no entendieron nada, lo más importante de todo es que el cambio cultural está planteado. Marcelo Bielsa, técnico argentino de trayectoria mundial, ha dicho en alguna ocasión que uno de sus objetivos es generar un público más culto. Luego de 12 años de trabajo, da toda la sensación de que Tabárez ha alcanzado esa meta y, como buen maestro, nos ha enseñado un montón. 

Es que este hombre de 70 años, con sus cuatro mundiales a cuestas, y al que los grandes medios internacionales le dedican columnas de admiración, tiene una gran virtud. Oscar Washington Tabárez, con sus respuestas largas y reflexivas, sabe acaparar la atención y logra hacerse escuchar, aún en el mundo en que la gente se informa por Twitter para ahorrar tiempo. De su mano, hemos aprendido lo difícil que es el camino, pero que siempre vale la pena emprenderlo, con convicción y serenidad. Hemos aprendido que ninguna derrota es definitiva, como tampoco lo es ninguna victoria. Hemos aprendido sobre lucha, pasión, compromiso y liderazgo. Hemos entendido que con trabajo y planificación, se puede. 

Ante todo esto, los cambios tardíos o los errores en los planteos, si es que realmente los hubo, pasan a ser detalles totalmente irrelevantes, especialmente cuando Uruguay viene obteniendo los mejores resultados de su historia reciente. 

Al día de hoy, es difícil saber si Tabárez seguirá en su cargo, pero lo que no debería discutirse es que es indispensable continuar su camino, porque nunca estuvo más claro cual es el rumbo correcto. 

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