l   julio 7, 2018   l  

Entre el mundial y la deportación





Prontos para viajar de Sochi a Moscú, y de ahí hasta Nizhny, donde Uruguay jugaría su partido contra Francia por cuartos de final, a 4 días del evento, un mail nos sacó de partido. “Lamentablemente tienen que abandonar la Federación Rusa e ingresar nuevamente con una nueva visa”.

“¿Eh?, no te puedo creer”, esa fue la primera reacción de varias que se desencadenarían en las siguientes 48 horas, en tierras que jamás pensamos pisar, como pueden ser las calles y bosques de Helsinki.

Todo empezó con la famosa visa de trabajo, emitida en Montevideo, que al ingresar –por primera vez a Rusia- nos generó un contratiempo importante, que se solucionó relativamente fácil, más allá de haber perdido un vuelo a Ekaterimburgo.

Resulta que un día antes de que venciera el plazo de la visa (3 de julio), simplemente preguntamos a la embajada uruguaya en Rusia por cómo hacíamos para renovarla hasta el final del mundial. Grueso e inocente error, propio de la fantasía mundialista y el sentido común. Allí la respuesta fue el mail citado.

Se abrieron posibles caminos: a) quedarnos en Rusia, y ver que pasara, b) retirarnos sin chiflar, con compromiso laborales mediante, además de las consecuencias de cambios de pasaje, c) ir hasta Georgia – a 5 kms de Sochi- y volver a entrar, d) hablar en migraciones del aeropuerto.

Finalmente, el cónsul uruguayo en Rusia nos recomendó ir hasta Helsinki, aprovechar que allí hace cuatro años existe una embajada de Uruguay y que nos podían dar una mano para agilitar una nueva visa con las autoridades rusas, a sabiendas que algo que dura aproximadamente una semana tendría que ser lo más ágil posible para poder llegar al día del partido.

Allí arrancaron las peripecias para hacernos entender con los rusos, que teníamos que conseguir vuelos y pasajes para llegar a Helsinki y volver a Nizhny antes del viernes. Tarjeta de créditos que saltaban por los aires, reservas que vaya a saber a dónde iban a parar, empezaron a ser las preocupaciones.

Llegamos a Moscú, nos fuimos rápido a la estación de trenes Lenindarsky, y ahí compramos el boleto de tren rápido “Sap San” hacia San Petersburgo.  En cuatro horas estábamos ahí, con las maletas en la mano y preguntando a los voluntarios cómo hacíamos x llegar al aeropuerto. Más trenes, un ómnibus y llegamos al aeropuerto. A la pasada vimos algún monumento importante, pero bien gracias.

Con la incertidumbre a cuestas, nos tomamos el avión a Finlandia. Dos horitas y prontos para seguir la aventura.

En Migraciones, en un inglés perfecto, el policía fines preguntó: ¿dónde se van a quedar? “En el consulado de Uruguay” y ahí, cómo si tuviéramos que dar más explicaciones sacamos la acreditación de prensa de la FIFA. Sin mucho convencimiento, nos dejaron entrar.

Llegamos a la 20.30 del 3 de julio, y ahí nos quedamos en el aeropuerto, cual si fuera un hostel, a dormir –o algo parecido a eso – cómo sea. Allí los rublos no sirven para nada, todo es con euros, cambio tremendo respecto a los precios rusos. Por ejemplo, una banana costaba 45 pesos uruguayos. Fuerte.

A las 8 de la mañana del 4 de julio llegamos a la embajada uruguaya en Finlandia. El cónsul, Nicolás Noble, nos esperó con los papeles prontos y un café bien cargado. Pequeños gestos que te cambian la pisada.

Fuimos caminando desde ahí hasta la embajada de Rusia, que quedaba a 10 cuadras aproximadamente. Un edificio imponente, que ocupa toda la manzana, nos esperaba para tramitar la nueva visa.

En una hora, quedó pronta. Sin costo alguno. Otro pequeño gesto, que cambia el rumbo de las cosas. “¿Y ahora que hacemos un día y medio en Helsinki?”, a lo cual el embajador uruguayo, Pablo Sader, nos recomendó algunos lugares, y allá fuimos: catedrales, rambla sobre el Mar Báltico.

Y rápidamente nos empapamos de algunas cosas. Ahí nos enteramos que en Finlandia hay todo un tema con el alcohol. Parece que los fineses toman, y lindo. En invierno, hay patrullas de policías vigilando que nadie quede acostado en el piso de la borrachera, ya que las bajas temperaturas hacen que queden fritos ahí nomás.

Lo otro en lo que se destacan (¿?) es que los ómnibus y tranvías tienen un reloj donde plantea el tiempo que falta para que pase el próximo, y se cumple a rajatabla, más por necesidad de que la gente tome las precauciones necesarias ante el frío extremo, que por ser prolijos .

Algunos aprendizajes: Helsinki, va sin “s” después de la “n”; con 15ºC, los fineses andan de musculosa, pollera o bermuda, ya que en el invierno la temperatura es de -35 ºC; que divino el clima en Uruguay!

Difícil imaginar haber estado dos días en esta ciudad, pero de última algo entendimos y conocimos… Sobre el mundial, aquí, a poquitos metros de Rusia, ni rastro.

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