l   noviembre 16, 2024   l   ,

En el último suspiro





Por Franca Levin @dementeconmochila

La Selección Uruguaya de Fútbol logró anoche en el Estadio Centenario una de esas victorias que los contadores de anécdotas repetirán al detalle con lágrimas y chirimbolos en los asados de Navidad. Las fichas técnicas dirán que el partido terminó 3 a 2 pero las emociones y gritos de desahogo con un gol en el último segundo son imposibles de traducir en estadísticas frías.

En alguna Universidad con presupuesto suficiente para investigar hasta el impacto emocional de guardar milanesas en el freezer, alguien debería poner el ojo en la obsesión uruguaya con el sufrimiento. No hay caso: cuanto más difícil, agónica e imposible parece la victoria, más nos estalla el pecho con un carnaval de endorfinas si se consigue.

La luna parecía un foco extra del Estadio Centenario deslizándose detrás de una Tribuna Olímpica repleta. Noche de verano en primavera que no dejó ver camperas y el siempre familiar público de la selección cambió aplausos por soplidos de corneta. Si hay una herencia de Sudáfrica 2010 que sobrevivió a todos los jugadores de aquel plantel fueron las vuvuzelas. Último soldado que se aferra al espíritu ganador de Johannesburgo o estrategia de marketing irresistible para infancias inquietas, las cornetas son telón de fondo cuando juega Uruguay.

Los mejores partidos que hasta ahora tuvo el ciclo Bielsa me agarraron del otro lado del mundo. Poco pude ver de aquellas victorias contra Argentina y Brasil hace un año, tal vez un resumen por YouTube y salpicón de tweets para reconstruir el rompecabezas de aquellas odiseas. Volver al Centenario en este contexto post Copa América, siete partidos sin ganar y el Suarez-Gate muy reciente, se parece a cuando te insisten que la fiesta está buenísima pero cuando al fin llegas están prendiendo las luces.

El primer tiempo siguió el guion pesimista a la perfección: poca liga, rival que juega y 0-1 abajo. Caras largas en la tribuna y la sensación de estar viendo otra vez una mala película de domingo a la tarde. A pesar del ritmo, la intención de vértigo y un Bielsa que no paraba de dar vueltas en su rectángulo técnico cual hámster en la ruedita, las cosas no salían para Uruguay.

“Otra vez lo mismo” parecía el mantra del entretiempo para relatores de radio, comentaristas y colados de la Tribuna América. “Uruguay lleva cinco partidos sin meter un gol, ¿qué se necesita para romper la sequía goleadora?” preguntaba un periodista a su audiencia invisible. “Suerte” pensé, un poco de suerte. Y así, en el segundo tiempo Uruguay metió 4 minutos de furia -y liga- para darlo vuelta.

Si nos guiamos por estadísticas y sentido común, el partido tenía que terminar ahí: con Pellistri poseído por un barrilete cósmico eludiendo camisetas amarillas como si fueran extras de un comercial, Darwin Nuñez presionando incansablemente al golero cafetero o Rodri Bentancur haciéndonos creer que jugar a la pelota es lo más simple del mundo. Pero esto es Uruguay papá, y en el penúltimo minuto de descuento cayó el empate de Colombia. Más que balde de agua fría fue una trompada seca a 40 mil personas que por fin habían encontrado algo de alivio con la selección.

Medio estadio agarrándose la cabeza mientras al juez le soplaban desde el VAR que no había motivo suficiente para anular el gol, empujones cruzados y a sacar del medio. “¿Cuánto queda? ¿Un minuto?”. No sé, pero tiempo suficiente para el último envión que tantas veces vimos dar a Uruguay con mucho más ímpetu que precisión. Mientras todos sentíamos que un partido casi ganado se escurría entre los dedos y la fiesta del ciclo Bielsa se había gastado los mejores temas, Manuel Ugarte sacó un remate con gusto a canción que conocemos todos: «y en el último suspiro, ay celeste regalame un sol«

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