l   julio 5, 2016   l  

De Sudáfrica a EEUU Siete inviernos en los que fui feliz





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Con la Copa América Centenario se cerró un ciclo de siete torneos oficiales consecutivos con presencia uruguaya, a razón de uno por año y sin contar esa cosa eterna y durísima a la que le llamamos “eliminatoria”. El inolvidable Mundial de Sudáfrica fue el punto de partida de seis años corridos o, dicho de otro modo, de siete temporadas con la celeste jugando por una copa o medalla en algún lugar del mundo, en paralelo con el invierno de un paisito que se acostumbró a seguirla sin hacerse demasiadas preguntas.

¿Acaso alguien reparó en que es una de las principales marcas de participaciones consecutivas en la historia de nuestras selecciones de fútbol? ¿Acaso alguien reparó en que la consecutividad es mucho más difícil de alcanzar ahora que en otros tiempos? Mientras que en la primera mitad del siglo pasado a todos los torneos se accedía por invitación, cuatro de los siete certámenes continuados de la era Tabárez ameritaron una etapa clasificatoria previa: los Mundiales de 2010 y 2014, la Copa de las Confederaciones de 2013 -hija de la obtención de la Copa América celebrada dos años antes- y los Juegos Olímpicos de 2012. Esos que no disputó la selección mayor, sino una sub 23 reforzada por tres mayores de habitual presencia y dirigida por el propio Maestro, que también coordina el proceso de selecciones juveniles que forjó a la sub 20 que ganó el cupo olímpico.

Las tres ediciones de la Copa América celebradas en el ínterin (2011, ’15 y ’16) constituyen la excepción. Al torneo continental se sigue accediendo sin clasificatoria previa. La edición especial recién terminada estiró un ciclo que ya no podrá extenderse: es que 2017 será el primer año sin torneo invernal desde el lejano 2009. Otros tiempos. Entonces, Uruguay había faltado a tres de las cuatro ediciones mundialistas más recientes y los hinchas cursaban un postgrado en prender la tele para ver jugar a cualquier selección menos a la propia. Hacía casi 80 años que el fútbol no era olímpico y, para colmo, la Copa América que calentó tantos inviernos noventosos pasó a jugarse cada vez más espaciadamente.

Pero a la vuelta de esa esquina estaban Sudáfrica, Argentina, Reino Unido, dos veces Brasil, Chile y Estados Unidos. Y los sinvergüenzas que antes caían a picotear volvieron a sentir esa cosa incomparable que es ser campeones y salir a ganar. O, al menos, a saberse respetables con un cuarto puesto mundialista tras 40 años, la obtención de la Copa América eliminando a la Argentina de Messi en el jardín de su casa, la vuelta a los Juegos Olímpicos o el gusto de sacar de un Mundial a Inglaterra e Italia en menos de una semana.

Ultimo partidoNadie lo sospechó cuando Tabárez mandó a la cancha a Muslera; Lugano, Victorino y Godín; Maxi Pereira, Arévalo Ríos, el Ruso Pérez y Palito; Nacho González, Suárez y Forlán. El 11 de junio de 2010 enterrábamos los amargos recuerdos de los tiempos de la crisis y volvíamos a los mundiales en Ciudad del Cabo, contra Francia. Empezábamos un viaje de seis años sin atinar a abrocharnos los cinturones. Y sin que fuera necesario. Es que las tormentas se atraviesan mejor cuando se trabaja a largo plazo. El proceso uruguayo acumularía gloria pero también memoria y gradualidad en los recambios. Entre una punta del túnel y la otra, surgen siete variantes. En promedio, algo más de una por año. El reciente 13 de junio, el Maestro puso a Muslera; Maxi Pereira, Godín, Giménez y Gastón Silva; Carlos Sánchez, Arévalo Ríos, el Tata González y Lodeiro, y Abel Hernández y Cavani. Fue la salida de la Copa América Centenario, con el 3-0 ante Jamaica.

Muslera, Godín, Maxi Pereira y Arévalo Ríos son los cuatro sobrevivientes, número que podría elevarse a seis si se tiene en cuenta que Suárez y Palito no estuvieron ante Jamaica pero usualmente juegan. Al Cacha lo vimos tanto como a ningún otro. Fue de arranque en 30 de los 32 partidos disputados en los siete torneos. Sólo empezó como suplente ante España, en el debut de una Copa de las Confederaciones en la que volvería a faltar en el 8 a 0 a Tahití. Tiene la ventaja de ser uno de los tres refuerzos de más de 23 años convocados para los Juegos Olímpicos, al igual que Suárez y Cavani. Si no fuera por eso, Muslera lo superaría. Es que el arquero jugó como titular en 28 de los 32 partidos pero no estuvo en Londres. Su única falta restante también fue el 23 de junio de 2013, contra Tahití. El Mono estuvo de arranque en 26 encuentros: faltó a los cuatro en los que no atajó Muslera y, además, fue expulsado ante Costa Rica y suplente ante Italia en el último Mundial. Godín jugó algo menos, entre otras cosas, por la lesión que lo privó de la titularidad en 2011.

La comparación del cierre copero ante Jamaica con la lejana apertura mundialista ante Francia arroja un dato que define al proceso. Antes de llegar a la mayor, cinco de los siete nuevos titulares pasaron por las selecciones juveniles coordinadas por Tabárez: Giménez, Silva, Lodeiro, Hernández y Cavani. Las excepciones son Sánchez y el Tata González.

Los años también empujaron un cambio de capitanato. Godín sucede en el liderazgo nada menos que a Lugano, protagonista saliente de una de las dos vacantes más importantes que el técnico debió cubrir. La otra fue la de Forlán. Ambos dejaron la selección tras el Mundial de Brasil y ninguno fue olímpico, por lo que disputaron las dos copas del mundo, la Copa América de Argentina y la de las Confederaciones. Además de la inolvidable racha goleadora de Sudáfrica, Forlán colaboró con 18 presencias en los cuatro torneos que disputó. No se perdió ni un partido en 2010 y 2011 y comenzó a alternar de 2013 en adelante. Lugano tuvo un andar similar y sumó 17 apariciones como titular.

Ya sin Lugano y Forlán, la Copa América del año pasado fue el torneo del recambio. Y al vacío deportivo y humano dejado por los dos ausentes, se le sumó el faltazo de Suárez por la sanción hija de FIFA. Firme en defensa pero apático en ataque, Uruguay se fue sin poder cuestionar el 1 a 0 con el que Chile lo eliminó en cuartos. A muchos nos quedó una sensación parecida a la de un año antes, cuando se despidió del Mundial con el 0-2 ante Colombia. Jugador del mundo y principal protagonista del ataque desde la Copa América de hace cinco años, cada faltazo de Suárez parece estar asociado a la derrota o la eliminación: he ahí el saldo de su ausencia por suspensión en la semifinal de Sudáfrica, de su falta por lesión en el debut mundialista ante Costa Rica, de la exagerada suspensión que comenzó contra los colombianos y se extendió durante toda la Copa jugada en Chile y de los faltazos por lesión que lo sacaron de la Copa más reciente. Algo parecido pasó cuando no estuvo en su nivel normal. Alcanza con recordar los Juegos Olímpicos, aquellos en los que la doble moral inglesa lo castigó con abucheos extendidos por Manchester, Londres y Cardiff y al Luí no le salió ni el tiro del final.

¿En qué equipo del mundo la de Suárez no sería una baja sensible? Con 12 tantos convertidos y dando la ventaja de jugar de arranque en sólo 21 encuentros, el salteño es el goleador de los siete inviernos. Pero tanto como los números, pesan unas aptitudes técnicas que lo elevan por sobre los simples goleadores y un carisma con peso en compañeros, rivales y tribunas. Forlán lo sigue con ocho goles. Con cinco, aparecen Cavani y Hernández, que hizo cuatro contra Tahití.

Ese día, Uruguay se aseguraba la clasificación a las semifinales de la Copa de las Confederaciones, instancia que no volvería a alcanzar en los tres torneos siguientes. Pero el buen arranque de la eliminatoria en curso sigue alimentando una agradable sensación que hace una década parecía perdida: la de sentirnos competitivos. Aunque no equivale a ganar siempre, no debería ser despreciado en un país pobre, despoblado y sin peso político. Por rico que sea su pasado.

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