l   mayo 17, 2017   l  

I love this game Pensar en el otro





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Todo amante del deporte haría bien en darse una vuelta por el Palacio Peñarol. Se trata, sin duda alguna, del espectáculo de mayor nivel que el deporte uruguayo –tan proverbialmente acostumbrado a la improvisación y la precariedad– se puede permitir. Acaso la Federación Uruguaya de Básquetbol o la empresa Tenfield –o acaso ambos– se han dado cuenta de que el espectáculo debe pensarse no ya para el hincha enfermo que recorre todos los barrios de Montevideo sino para el cliente potencial, ese que disfruta de un partido de la NBA pero que no tiene un partidarismo exacerbado por ninguna institución.

El básquetbol es un deporte ideal para disfrutar del espectáculo cuando el espectador no tiene intereses en juego. En la vereda de enfrente, ver un partido del fútbol uruguayo en el que no juega ni el equipo de tus amores ni el rival de todas las horas, puede resultar una empresa inabordable. Las canchas no siempre perfectas, las tribunas desvencijadas y el escaso –o nulo– público, combinados con la oferta casi constante de partidos disputados sobre canchas eternamente verdes y prolijas, serán una invitación efectiva al zapping. Ni qué hablar si al incauto hincha “imparcial” se le da por acudir a la cancha: son tan escasas las comodidades que se le brindan (salvo en unos pocos escenarios), que si consigue llegar hasta el final del partido, jamás volverá.

Sin embargo, el básquetbol presenta algunos condimentos que lo pueden volver atractivo para un público circunstancial. Un partido de básquetbol mal jugado pero parejo puede ser lindo de ver. Pero un partido mal jugado y parejo de fútbol será un 0 a 0 inmirable, de esos que nos invitan a apagar la tele y salir a conocer la ciudad. Además, y más allá de problemas que a esta altura parecen endémicos (calendarios polémicamente diseñados, incapacidad para integrar y mantener plazas del interior del país, etc.), el básquetbol uruguayo se ha preocupado por mejorar su infraestructura a través de reformas reglamentarias que buscaron profesionalizar –hasta límites medianamente manejables– los estándares de un deporte que a principios de los años 90 se seguía jugando en canchas abiertas, con piso de betún y tableros de madera:

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Partido Aguada – Cordón en cancha de Aguada, 1993 (fuente: YouTube/Anibalaguatero)

Sin embargo, en 20 años los estadios del básquetbol uruguayo se modernizaron: “lujos” de otrora como techo, piso flotante, relojes de posesión detrás de los aros y tableros de acrílico se volvieron obligación. Si no podés tener una cancha con esas prestaciones, no jugás. Así de sencillo:

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Misma escena, mismos rivales, misma cancha, 23 años después (fuente: FUBB).

El contraste con el fútbol es abismal. Un ejercicio similar nos permite ver que la gran mayoría de los estadios uruguayos no han sufrido modificaciones significativas en lo que va del siglo. Casi todos presentan instalaciones prefabricadas, que distan mucho de ser seguras (un niño chico podría escabullirse por los escalones y caer, si tiene ganas) y que suelen romperse con el uso. Cuando allá por 2007, un integrante del plantel del seleccionado de rugby de Canadá dijo (a propósito del Parque Federico Omar Saroldi) que se trataba de un estadio del siglo XIX, mucha gente se enojó. Sin embargo, el comentario no era para nada alocado: la inmensa mayoría de los estadios del fútbol local parecen suspendidos en el tiempo, y carecen de las condiciones materiales mínimas necesarias para disfrutar del espectáculo y para trabajar.

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La cancha del campeón del Apertura en 1993 (fuente: YouTube/La Guitarrita).

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A excepción de la pintura, veintitrés años después, la tribuna de la calle Herrera y Reissig no ha sido tocada por el hombre (fuente: YouTube/Tenfield).

¿Por qué no sucede lo mismo con los shoppings, los cines o los restaurantes? Por alguna extraña razón, está legitimado que los estadios del fútbol uruguayo deben ser incómodos. Por eso, cuando Nacional y Peñarol se pelean por tener el estadio más grande y funcional, lejos de entristecernos (como sucede con casi todas las batallas que comparten), nos ilusionamos.

Empatía deportiva

Todas las canchas del básquetbol uruguayo, desde la más lujosa a la más humilde, se han reformado en los últimos años, gracias –reiteramos– a modificaciones reglamentarias. Se dirá que es más sencillo decirle a Urunday Universitario “si no hay piso flotante, no jugás” que decirle a Liverpool “sin cabinas dignas para la prensa, no jugás”, pero no debe ser tan complicado. A veces, más que dinero, se necesita intención de hacer las cosas bien.

Y eso es lo que se palpa en las finales de la Liga Uruguaya de Básquetbol: ganas de que la gente se divierta, de agradar, que nacen de la firme convicción de que sin público (en la cancha o detrás de la tele) el negocio se funde. Es un mero ejercicio de ponerse en el lugar del otro y pensar: “¿qué miércoles podemos hacer para que a la gente le den ganas de ver esto que tenemos para mostrarle?”

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Y fue así que decidieron repintar la cancha con sobrios detalles en blanco y negro (suplantando al impresentable amarillo, naranja y violeta de otrora). La publicidad led al costado de la cancha, en la que además de sponsors aparecen mensajes alusivos a las alternativas del juego (“papapá” cuando hay un triple, “tiempo para Aguada” cuando el Hechicero Cabrera pide un minuto, la cara de los jugadores cuando son presentados, etc.) le da un toque primermundista a la visión global del espectáculo. En las pausas, en lugar de asistir al cambalache de los niños que ingresan a la cancha a probar lanzamientos al aro con lo que tengan a mano (algo no visto en ningún otro lado), ingresa un señor con una escopeta a lanzar remeras a la multitud. Si bien es probable que un día suceda una desgracia, y una remera dé de lleno en el rostro de un alma desprevenida (tal como le ocurriera a la recordada Maude Flanders en un capítulo de Los Simpson), es un riesgo que vale la pena correr.

Y resulta claro que ese espíritu se mantiene en las transmisiones televisivas, como si VTV fuera dos empresas: una –estancada– la que televisa el fútbol, y otra –más dinámica, con una constante búsqueda de nuevos caminos para atraer– la que televisa el básquetbol.

No sé si porque ese espíritu de “I love this game” se impregnó en los hinchas, o porque la parcialidad de Hebraica le despierta cierta misericordia a las hinchadas más beligerantes, pero lo cierto es que el segundo partido de la serie se abrió con un minuto de silencio en homenaje a un ex jugador de Hebraica. La hinchada de Aguada estaba cantando en masa (algún cántico dirigido a Goes, seguramente) pero se llamó a un silencio total, algo que en el fútbol sería impensable (siempre queda algún bobito cantando o que aprovecha el silencio para premiar a los concurrentes con un insulto finamente elaborado). El silencio total apenas si fue quebrado por aplausos que también provenían de la tribuna rojiverde. Fue lindo haberlo vivido, y que hubiera tantos niños desperdigados por la tribuna, inflando globos y soñando con hacerse con alguna de las remeras disparadas por el amable francotirador.

Capaz que a los tres minutos, esos mismos hinchas respetuosos ya estaban puteando a Leandro (con esa sensación tan particular que supone insultar a lo que hasta ayer sentías como propio; casi como decir: “te amé tanto que ahora que te fuiste, te odio”), pero el bien ya estaba hecho. Ojalá el fútbol se contagie algún día, y comience a pensar un poco más en los que pagan una entrada o un pack de fútbol HD.

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