l   agosto 25, 2016   l  

Tenis de Mesa La banda que propone





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La banda se junta, y está, a pesar de todo. Los amigos, la familia y las paletas de Ping-Pong. Nada lo iguala, todos lo saben. En una casa de familia, en un hogar, construido por sus propios dueños, está el club Lorenzotti Tenis de Mesa (LTM). Allí aparecen Gonzalo (26) y Pía (20), los grandes desarrolladores de una nueva tendencia de este deporte en nuestro país. Ellos son amigos, entrenadores, compañeros, contrincantes, profesores y llevan adelante este sueño. Arriba tienen colgadas varias de las copas que ganaron, que superan las 100. En casa, en varias bolsas, tienen guardadas, como si nada, la innumerable cantidad de medallas que ganaron.

Para Gonzalo todo arrancó con la pelota. Primero la grande, buscando el gol con la camiseta del Club Nacional de Fútbol, que no pudo ser. Ese mismo gol, o sed de ganar, que encontró un día en el colegio, cuando vio que un compañero se llevaba una copa a la casa. “Yo le pregunté cómo la había ganado, porque yo también quería una, me gustaba ganar. Mi compañero me dijo que en el salón juvenil se jugaba al Ping-Pong y podías ganar. Así empecé, me encarnicé y gané el otro torneo. Después le gané a un jugador federado en el colegio, y él me mostró el carné que tenía con la Federación Uruguaya de Tenis de Mesa (FUTM). Me explicó que había sudamericanos, que él jugaba por nuestro país y enseguida fui a averiguar a la federación”.

Con ese ritmo constante, el “Gonza” se federó en Club Banco República y empezó a competir. Al principio, dice, no entendía nada y simplemente le pegaba a la pelota, pero después le fue agarrando la mano. “La etapa del aprendizaje fue la más linda, porque vas tomando conciencia de los golpes. Le fui ganando a jugadores federados, que andaban bien, y empecé a creérmela un poco, de que podía”. Luego pasó a Nacional, porque le ofrecieron acercarse cuando lo vieron en un campeonato.

_DSC2228En esas jornadas eternas, de práctica, y de partidos, Pía, de tan solo nueve años, iba con su padre a buscar a su hermano. Tanto le insistieron que se arrimara, que empezó, aunque no con muchas ganas. “Recuerdo que me recontra insistían y yo no quería saber nada. De a poco empecé, fui a unas clases y dejé. Luego me iba al trabajo de mi padre, y él me decía que tenía que ir, me hacía la olvidada para no ir. Hasta que de tanta insistencia seguí yendo. Me acuerdo que me decían que yo era buena y podía llegar lejos, pero yo no quería, no me interesaba”, confiesa Pía.

La primera mesa la hicieron entre Gonzalo y su padre. Sobre tres enormes caballetes de metal, pusieron una tabla entera, porque el consejo era que picaba mejor. Así, con sacrificio, Gonzalo tuvo su primera mesa en su casa, y luego le trajeron una red profesional desde Buenos Aires. Era el sueño del pibe.

¿Qué es lo más importante cuando sos chico?

GL- Lo fundamental es la técnica, para aprender los efectos de la pelota. Ver los saques, ver para dónde va la pelota. Si agarrás la técnica te das cuenta que todo es más accesible. Vas aprendiendo de a poco. Es muy matemático. Depende de la destreza, quizá el talento. Si tenés trabajo, corazón y sos constante, vas a llegar.

PL – Lo principal que hay que tener es ganas, bueno, yo no tenía ganas, pero le di la oportunidad a ver qué era este deporte. Mi padre y mi hermano me insistieron mucho. Probando, vi que no estaba tan mal, le vas agarrando el gusto y luego te copás. Obvio que luego debés ponerle ganas.

GL – Cuando sos chico hay mucha adrenalina. Los niños sienten una sensación enorme, a veces cuando pierden no quieren ir más. Yo era gallego, yo no soy un gran talentoso jugando, pero entreno todos los días, hago físico y estoy por sacrificio, no tengo magia, Pía sí tiene magia. Yo lucho y soy guerrero. Este es un deporte medio injusto, podés ir empatado, y por un saque o porque la pelota te pegue en el borde perdés un partido. Te puede pasar. Eso te trabaja la cabeza. A veces podés tener más, menos fuerza.

¿Cuál fue su primera gran competencia para pensar en dedicarse a lleno?

GL- Fue en El Salvador, financiado por mi padre. Tuve la suerte de que me ayudó y fue conmigo. Fue soñado. Empecé a descubrir que si uno se pagaba las cosas podía competir, representando a Uruguay. Podías pelear por el ranking, y competir en instancias internacionales. Cuando yo empecé a romper las bolas por ir, no me dejaban ir desde la FUTM, porque yo no estaba muy metido con ellos. A los rivales que sí iban, yo les había ganado a todos, eso me indignaba un poco. Buscaron erradicarme del deporte. Me acuerdo que en ese sudamericano me fue horrible, pero gané experiencia con 15 años.

PL – Mi primer campeonato fue en Paraguay, perdí todo. Hacía muy poco que jugaba. Nunca nadie me había enseñado nada y perdí feo. Me acuerdo que una argentina se me reía, y eso me dio rabia. No sé cómo fue bien, yo seguí jugando, y le empecé a agarrar el gusto. Eso fue en abril, en diciembre hubo un open en Argentina, en el que van muchos uruguayos.

En semifinal me tocó con la misma argentina. Me acuerdo que la entrenadora que tenía en ese momento, le dijo afuera a mi hermana que me tocaba contra la argentina, que igual estar en semifinales era bárbaro, ya estaba entregada mi entrenadora. Lo cierto es que le gané, y luego mi hermana me comentó eso que le dijo mi entrenadora. Luego, gané la final, fue como demasiado.

¿Qué pasaba con la federación y los clubes?

GL – La diferencia con Pía fue que empezamos a movernos y guiarla. En algunos sudamericanos hablando, algunos de otros países nos decían que siempre veían la bandera de Uruguay y al presidente de la federación, pero nunca a deportistas, y no podían creer que nosotros nos pagáramos el viaje. En un viaje alguien me comentó que mi hermana podía ir a jugar, porque acá en la federación te decían que no podía ir. Nos abrieron la mente de que había cursos, campamentos, circuitos, y llevamos a Pía a todos lados. Ella empezó a ganar y lo tomamos en serio. Cuando ella ganó su primer sudamericano en Argentina, vimos gente con caras largas; era la primera mella internacional para Uruguay. Ahí abrimos los ojos y decidimos no ir más a nuestro club.

¿Qué pasaba en Nacional?

GL – En Nacional el que dirigía, ponían en contra a todos con nosotros. Luego ellos tuvieron problemas en la federación. No podíamos creer que aplaudieran en contra de Pía en ese sudamericano, aunque sea que miraran para otro lado. Ese fue el punto de quiebre de que estábamos solos contra todos. Cada vez que Pía viajaba agarraba experiencia y ganaba. Ahora nadie quiere jugar contra ella. Haber logrado eso a nivel latinoamericano es buenísimo. Ganamos un respeto.

_DSC2234¿Cuán valioso fue que Pía se sumara al deporte?

GL – Fue lo mejor, solo en esto no se puede. Siempre es bueno que alguien te ayude, por ejemplo tu padre, aunque no vaya a jugar, es bueno que te dé una mano, conozca del ambiente y esté. Nuestro padre todo el tiempo quería quedarse a ver mis entrenamientos en Nacional, y no lo dejaban. Eso era porque querían lavarme la cabeza. “Padres adentro no”, decían. Con el niño solo hacen lo que quieren. Cuando se sumó Pía, no me dejaban jugar en el club con ella. La hacían jugar con los que recién empezaban, y a mí con los mejores. Eso me ponía como loco. Yo pedía por favor para entrenar con ella, y no me dejaban. Tras ese sudamericano decidimos abrirnos.

¿Y qué hicieron?

PL – Empezamos a entrenar en un garaje, con la mesa que teníamos en casa y fuimos probando, conociendo, y Gonzalo me pasaba sus piques, me enseñaba y me decía qué hacer. ¡Era horrible (mientras ambos ríen)! Me obliga a practicar saques, a pegarle.

GL – (Interrumpiendo) Pero luego cuando iba a los sudamericanos ella ganaba, que no llegaba casi ni a la mesa. Eso me daba tranquilidad para seguir entrenándola y que mejorara. Le decía que si ella no hacía tal cosa, yo no le jugaba, mi padre hacía lo mismo. Quizá para Pía no era nada una medalla en Sub-15, pero ¡ganaba medallas sudamericanas! En Argentina por ejemplo si ganás medalla tenés un premio en efectivo, acá nada. Nuestro padre tiene mucho que ver. Porque siempre nos apoyaba, nos incentivaba, nos hacia crecer, mejorar y nos impulsaba. Nos marcaba el camino a seguir.

¿Cuánto hay de hermanos acá?

GL – Tenemos una hermana más grande que es psicóloga y profesora de inglés. Nos ayudó mucho para poder salir a Europa. Cuando competís al más alto nivel la cabeza se afecta y ella nos ayudaba. Pasa mucha tensión por la cabeza. Lucia juega al tenis y está entre los cuatro de Uruguay en su categoría. Acá hay una sola que le gana bien en su categoría, después más nadie.

PL – Siempre fuimos hermanos muy unidos. Con “Gonza” tuve más cercanía, el siempre fue más chico de lo que es, entonces estábamos muy unidos. Jugábamos juntos, al fútbol, a los autitos, yo hacía lo que él hacía. El Ping-Pong fue lo que nos hizo crecer, generamos confianza, nos peleamos, crecimos, aprendimos, discutimos, todo a través de ese deporte. A veces nos peleábamos, o uno no quería jugar o entrenar, tener esa compañía entre nosotros nos ayudó muchísimo. Yo veo que acá en Uruguay hay garra y talento, pero que no se trabaja bien. La federación no tiene un espacio físico, el presidente que está hace años que está, y nunca se ganó nada. Nosotros tenemos un lugar, y somos una familia.

_DSC2242¿Cómo surge ir a jugar a Europa?

GL – En un campeonato en Ecuador, que Pía ganó en Sub-21 y en dama mayores, algo sorpresivo, ganó mucho dinero, porque era algo internacional que es casi imposible. Yo me equivoqué (ríe), y le gané al número uno de Ecuador, que luego fue campeón. Yo no pasé en la serie, pero le gané al mejor. Nos vio alguien de Alemania y me comentó de la posibilidad de ir a entrenar a su club. Me dijo que primero debía pagarme el pasaje, por tres meses, me dijeron que mi hermana no podía ir. Me fui tres meses, caí muy bien en el club y empecé a romper las bolas que quería llevar a Pía, “necesito venir con la campeona”, les decía. Me dijeron que no aceptaban mujeres y era rotundo ese no. Me vine, y al tiempo me llamaron, tanto les rompí que me dijeron que podía ir Pía. Ahí les abrí la puerta a las mujeres en ese centro, porque luego llegaron más. En Europa son estrictos, hombres por un lado y mujeres por otro. Pía fue la primera mujer en ese centro.

¿Y cómo fue esa experiencia en Bundesliga?

PL – Ahí fue una locura porque entrenábamos tres veces por día, nos cuidábamos en todo. Cuando volvimos estábamos horribles en nuestro juego acá. No le podíamos ganar a determinados rivales. Después te das cuenta de los niveles de entrenamiento y la rutina. Luego volvimos a ir Alemania.

GL – Después salió un apoyo de la Federación Internacional de Tenis de Mesa y fuimos a jugar a la liga sueca, que es la mejor luego de China y Alemania. Ahí se abrió una gran puerta acá en la federación uruguaya y nos empezaron a respetar. Nos daban apoyo para poder ir a jugar al exterior. El comité internacional nos decía que no podían meterse en lo nacional, porque nosotros planteamos ciertas cosas que pasaban acá. Entonces nos dieron una beca de seis meses en Suecia a los dos. Fuimos por dos años.

Fueron seis meses en Suecia que sirvieron para mejorar de verdad. Pía jugó en Primera y luego en Elite, en el mejor equipo. En Suecia sucedía que te enseñaban. Acá te ocultan cosas, cuando Pía explica es abierta y te cuenta todo, es la clave para que los pibes en un año y medio estén jugando en Primera. La diferencia nuestra es esa. Acá están todos en la chiquita. En Europa te explican y te enseñan. Acá no se quiere enseñar porque se tiene miedo que te gane el rival. Para nosotros es genial si nos ganan con algo que enseñamos nosotros.

¿Cómo se vive esa experiencia al máximo nivel?

PL- Es otro mundo estar en Europa, pero es otro deporte. Acá es Ping-Pong con efecto, allá es tenis de mesa. Acá con Gonzalo hacemos cosas cuando jugamos que es normal entre nosotros, o el mundo, y acá nos miran raro y dicen que hacemos tiempo o ensuciamos. Acá es saco y saco y veo qué pasa. Hay que pensar, planear, y saber qué puede venir. La ignorancia te lleva a criticar. Acá si jugás distinto te miran mal.

_DSC2226En la Bundesliga la entrada vale 50 euros. Está lleno, pagan, toman cerveza, alientan. Yo me emocionaba y era increíble que la gente pagara para verte. Era una fiesta. Cuando terminaba, no importaba si ganaba o pedía, me pedían una foto, me hablaban en alemán. Yo no entendía nada y me reía. Alguno que hablaba en inglés me hablaba, y yo les hablaba, y no podían creer eso. Ellos son hinchas del club y lo viven intensamente.

GL- Me acuerdo que en el estadio gritaban por Pía. Había un par de viejitos que seguían a todos lados e hinchaban por Pía, eran fanáticos. Se compraban camisetas, gorros, bufandas. Los jugadores entran, hacen desfiles. Es como un equipo de fútbol. Te da nervios, te pasa de todo, pero es muy disfrutable.

¿Qué implica jugar entre ustedes dos como pareja?

GL- Jugar como pareja está bueno. Nos cuidamos y somos dos malvados tratando ganar. Somos muy unidos y eso se ve. Se nota que queremos ganar. No vamos a pasear. Hay muchas estrategias. Nosotros nos hacemos señas por debajo de la mesa, para saber los saques, y cómo puede venir la bola. El otro debe saber lo que voy a hacer.

PL – En dobles, cada uno tiene que jugar para el otro. Porque si uno saca con efecto hacia abajo y la pelota viene por arriba, y el otro es malo en eso, no lo vas a matar. No podés hacerle lo que más le molesta al otro. Acá ganamos sin competencia. No hay chance contra nosotros. A medida que jugás partidos te vas conociendo y se genera que nosotros sabemos lo que va a hacer el otro.

¿Y cuando juegan como contrincantes?

GL – Hemos jugado muchas finales, pero nunca a morir en público. En privado sí nos damos. Y en eso influye conocernos. Si veo la forma que pone el dedo, sé la forma del saque. A veces es aburrido en público. También es aburrido porque yo sé, que ella sabe cómo voy a sacar. Se pone medio estratégico. Lo de conocerse le quita la magia. Se disfruta porque siempre la tengo de hija (ríe). El que pierde se va re quemado. Yo hace tres años le ganaba fácil, ahora Pía me gana pero capaz no se va tan contenta. Me hace el gesto como que me tiene de hijo y nos vamos, pero queda en esa. Aunque te vas enojado si perdés. No jugamos mucho a morir entre nosotros. Sí antes, en el entrenamiento.

¿Y cómo es eso de dirigirse en los partidos?

PL – En competencias internacionales, como se juega femenino por un lado y masculino en el otro, cada uno dirige al otro. Vos estás todo el partido desde una silla, el área de juego, entre set y set tenés un minuto. Entonces ahí vas charlando. Si jugamos en el mismo horario a veces no nos entrena nadie, o nuestro padre. Es muy importante conocer al jugador, tener respeto, confianza.

GL – Hay que conocer como entrenador y planificar estrategias. Vos no podés planificar estrategias sin conocer al jugador. Con Pía nos conocemos tanto, que a veces digo una cosa y es otra. Le decís por arriba, y Pía la cambió. Entonces desconcentrás al rival. A veces pasa que un rival dice, pero vos le dijiste por arriba y ella fue por abajo. No entienden nada.

_DSC2229¿Cómo surge este club propio que tienen LTM?

PL – Primero en un garage al lado de este, entraban varias mesas, pero teníamos una. En el 2008 compramos una mesa profesional. Después pasamos para otra casa a la vuelta pero nos empezó a quedar medio chico; te dabas contra la pared, las pelotas daban contra el techo. Surgió, por nuestro padre, ir a un predio baldío, que estaba lleno de plantas, sin techo y pensamos en acondicionarlo. Cada uno ayudaba en lo que podía. Yo sacaba las plantas, Gonzalo ayudaba a poner el techo y pintar, y nuestro padre colocaba los techos y el piso. Fue un poco de todos, a pulmón.

De a poco se fue haciendo más pro. Buscábamos cosas para agregarle al piso. En el medio de la obra papá se cayó de la escalera, y por un par de años no techamos. Tuvimos que ir techando porque el impuesto a baldío era muy caro. Nuestra madre nos ayudó mucho con los temas más burocráticos.

GL – Empezamos de a poco a ir comprando cosas, paletas, pelotas, y tenemos esta mesa de nueve años y está intacta (mientras señalan una mesa que tiene un robot que tira pelotas). Vos vas a otros clubes y están destruidas las mesas. Como no es de nadie, nadie las cuida. Le pegan a la mesa, se apoyan, apoyan el pie para estirar, se sientan, apoyan comidas, son cosas básicas que en otros clubes es normal.

¿Qué significa LTM para ustedes?

GL – Me hice un tatuaje de LTM (mientras lo muestra). No es un club, es nuestra casa, y es nuestra vida. Nos levantamos temprano, venimos para acá, vamos a casa comemos, volvemos y damos clase y entrenamos. Estamos todo el día acá. Es algo nuestro. Valoramos mucho el sacrificio de nuestros padres, no es normal tener esto y lo cuidamos, lo aprovechamos. Quizá en otro club no me importa cuidar, porque no es mío, es el pensamiento del resto.

¿Y cómo son como profesores?

GL – Yo siempre di clases. Cuando era chico, le daba clases a mi padre y él me daba plata. Yo lo hacía de careta. Después había jugadores de otras categorías, entonces yo los entrenaba, les hacía ejercicios. Yo quería jugar. Nosotros hemos cambiado la mentalidad. La gente no va a entrenar, sino a jugar partidos. Hay que entrenar. A veces vienen jugadores de otros clubes, que quieren venir a jugar partidos, nosotros hacemos ejercicios y entrenamiento.

PL – Creemos que somos buenos entrenadores en Uruguay, los resultados te lo muestran. No solo en lo deportivo, tenemos una unión tremenda. Todos los nuevos que vienen al club, se ponen contentos de que todos nos quedemos a ver al resto, a veces los torneos empiezan tarde. Y siempre todos los de LTM se quedan a ver. Dicen que nunca les había pasado eso de venir, que los alienten y los apoyen.

GL – Uno de los pibes que viene puso eso de la banda que propone, porque siempre estaba con proponer, animate, dale, y quedó.

_DSC2253¿Qué cosas los diferencian?

GL- A mí me pasaba de ver pibes grandes de otras categorías que te decían que con gente de menor categoría no jugaban. Eso acá no pasa. Si viene uno nuevo, por ahí lo ponemos con uno con experiencia. Quizá se enoje el que ya está, pero lo hacemos jugar. Uno, dos, ejercicios y cambio. Como entrenadores somos justos, respetamos a todos. Es bueno compartir y jugar con todos. A los más chicos se los hacemos entender. Hay que jugar con todos. Siempre los buenos con los buenos es un embole. Se genera mucho respeto. Acá nunca hubo una discusión. Hemos generado un gran nivel, buena gente. Cuando jugábamos en Nacional, la gente iba toda la tarde a comprar bizcochos y comer. Solo se jugaba partido y no se entrenaba. Acá no queremos eso. En poco tiempo venís y aprendés. Es lindo ganarse un prestigio.

PL – No apuntamos a tener buenos jugadores, y los mejores federados. Si vienen, están contaminados, con mañas. No sirve eso. Preferimos gente nueva, y formarla nosotros.

¿Qué sienten cuando ven que a los que ustedes entrenan les va bien?

PL – Está tremendo ver a pibes que les vaya bien, no hay nada más lindo que eso. Le ponés tanto corazón, y el tipo fue y lo demuestra.

GL – El caso más lindo es un veterano, con el que ganamos la copa de equipos que le ganó un punto a los jugadores de Primera. Nadie daba dos pesos por él. La cara de felicidad que él tenía es impagable. Nos encanta ver cómo él aplica todo lo que aprendió. La felicidad de ellos, que le salgan las cosas, es nuestra alegría. Es un tipo de 50 años que está por llegar a Primera. Cuando él gana, no depende de que él viene y nos paga, termina siendo parte de nuestra familia. Cuando gana uno, ganamos todos. Lo sentís tuyo.

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