l   mayo 15, 2017   l  

Ser o no ser ¿El único culpable?





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Sería innegable decir que el fútbol se ha convertido en algo más que un mero deporte y ha evolucionado hacia un espectáculo de masas casi como ningún otro. También es una realidad el hecho de que detrás de este espectáculo masivo hay un montón de adyacentes que distan mucho de la esencia con la que fue concebido, y muchas cosas cuestionables que van de la mano de turbiedad, corrupción y cuestiones que nada tienen que ver con el deporte. Y sobre el fútbol, se ha hablado y se hablará mucho.

Su indudable importancia como fenómeno cultural, ha hecho que se venga debatiendo desde hace tiempo acerca de su condición de “opio de las masas”, o si constituye la versión moderna del “pan y circo”. También se ha argumentado que lo masivo no puede ser nunca algo de calidad, y el fútbol es tal vez el fenómeno más masivo del mundo moderno. Ahora, ¿es el fútbol la única causa de la ausencia de conciencia crítica en las personas?

Alguna vez, Jorge Luis Borges dijo: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Muchos, intelectuales y no intelectuales, argumentan que el fútbol es uno de los más claros ejemplos de enajenación por parte de personas que pierden la capacidad crítica y son mantenidos a raya de los verdaderos problemas por parte del poder de turno. Desde algún tipo de pedestal, mencionan conceptos como “idiotización” o “distracción” ante la realidad. Para esta línea de pensamiento, comentar partidos de fútbol o enfrascarse en discusiones que tienen a este deporte como objeto, es el nivel más bajo del intercambio social y no constituye un aporte relevante al debate intelectual.

Desde su postura, o impostura, hablar de fútbol denota la ausencia de horizontes culturales más allá de la pantalla o la mesa del bar.

Cuando se habla de que el fútbol tiene el poder de desviar la atención de las preocupaciones colectivas verdaderamente importantes, se habla desde la asunción de que el aficionado al “deporte rey” es una persona mayormente bruta que forma parte de un colectivo embrutecido. Reconocen la popularidad del fútbol, pero no la entienden. Lo consideran insignificante. Varias han sido las personalidades del mundo de las letras que se han expresado en contra de lo que representa el fútbol. Así, Rudyard Kipling habló de “Almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”, y Guillermo Cabrera Infante dijo: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”.

Muchos que no son Borges, ni Kipling, ni Cabrera Infante, también sostienen que una persona que habla de fútbol no habla de otra cosa. También están convencidos de que mientras alguien mira y habla de fútbol, es distraído para no enterarse de la marcha de la economía, de la política, y de los “verdaderos problemas”. Pero nadie maneja la posibilidad de que alguien que está dos horas dentro de un teatro viendo ópera, o se pase la vida leyendo sobre caballeros medievales, pueda no estar enterado de la evolución del índice Dow Jones o del último aumento del boleto.

Tal vez, la mala fama del deporte en general dentro de determinados círculos, venga desde su utilización como propaganda por parte de líderes autoritarios. Pero algo está claro, y es que parte de la “intelectualidad que ha opinado sobre el fútbol” lo considera un deporte bárbaro, la cortina de humo, o el culpable de que la gente no piense en otra cosa. Intelectuales de derecha lo consideraron una manifestación de la vulgaridad, e intelectuales de izquierda como anestesia de la conciencia.

Sin embargo, también hubo intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo. Uno de los primeros intelectuales que cuestionó la frase-cliché de futbol como opio, fue el antropólogo brasileño Roberto Da Matta, quien defendía el hecho de que este deporte está directamente emparentado con la cultura de un país a través de una importante función social que ayuda a construir identidad. Eduardo Galeano, por ejemplo, siempre fue un amante del fútbol que se dio el gusto de escribir sobre él. Hablaba de que el fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes, y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales por considerar que el instinto animal se impone a la razón y la ignorancia aplasta a la Cultura.

También es mencionado por Galeano el marxista italiano Antonio Gramsci, quien decía que el fútbol era un “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

Para el sociólogo, escritor y periodista mexicano Juan Villoro; si bien el fútbol está expuesto a manifestaciones de xenofobia, racismo, machismo, terrorismo, dopaje, corrupción política y especulación económica, sigue permitiendo celebrar el juego en sí mismo y apostar a valores como la solidaridad y la inocencia de la infancia.

Tal vez por esta línea de pensamiento, los futboleros nos enojamos cuando nos dicen que el fútbol es “pan y circo” o adormece el espíritu revolucionario de la gente como decía Marx sobre la religión. El fútbol no es un mecanismo de manipulación, ni una manera de olvidarnos de los problemas durante 90 minutos; sino una manifestación cultural más, de las muchas presentes en la vida humana. ¿Alguien puede asegurar que si la gente no estuviera mirando fútbol, estaría enfrascada en solucionar los problemas del país, o al menos en discutir sobre ellos? ¿La alienación o la falta de interés en los temas de actualidad son causados solamente por mirar fútbol?

Muchos seguirán diciendo que es injusto que los jugadores de fútbol ganen tanto en relación a lo que producen, y que ver a 22 personas correr detrás de una pelota es un mero hecho de distracción masiva para que el gobierno de turno nos maneje a sus anchas. Quizás, ninguno de los extremos sea el apropiado. Ni opio del pueblo o una manifestación de la barbarie, ni simplemente un espectáculo inocuo. Se puede debatir sobre el impacto de Maracaná en nuestra sociedad o discutir sobre si Messi es o no mejor que Maradona y al mismo tiempo conocer el nombre del Ministro de la Suprema Corte, estar informado de la situación de Venezuela o de las elecciones en Francia.

Se puede disfrutar del fútbol sin alienarse, como se puede ser un alienado sin mirar fútbol y con cosas mucho peores. También, incluso; se puede ser un ávido futbolero y leer a Borges.

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