l   diciembre 28, 2018   l  

Gregorio Bare El «Toro» que se comió la Wikipedia





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Por Sebastián Moreira

La entrada de Wikipedia de Gregorio Bare está mal. No sus datos biográficos, esos están bien. “Nació en Colonia, el 19 de marzo de 1972”. Correcto. “Excelente velocista”. Da en el clavo. Tiene después algunas precisiones sobre su carrera. “Récord de victorias de etapa en la Vuelta Ciclista del Uruguay con 19 triunfos”. Es así. La Wikipedia, que está profundamente equivocada, sigue tirando certezas. Recoge, ni que hablar, el Charrúa de Oro que lo coronó como el deportista del año, tras el brutal Mundial B que firmó en 1999. Y si bien todo eso es cierto, sigue estando equivocada.

La Wikipedia sabe, obvio, sus dos nombres: Gregorio Amadeo, así se llamaban sus abuelos. Su padre, Diodemo, quiso mantener viva cierta tradición familiar y se los dejó en herencia. También quiso traspasarle el fútbol, pero el chiquilín Gregorio no enganchaba. Todo cambió cuando Diodemo se dejó ganar en una improvisada carrera rumbo a una jornada de pesca en el Calabrés. El padre en una moto, una hondita 50 ruidosa, y Gregorio, niño aún, en una bici de montaña cualquiera, de esas que siempre hay a mano en el interior. El padre se deja ganar, obvio; el hijo, que gana la carrera, además gana para siempre el amor a la bicicleta. Ese sprint sobre el puente lo recuerda hasta el día de hoy. Ahí empezó todo.

En cuanto a su trayectoria Wikipedia es implacable. Consigna sus primeros pasos grandes con la malla amarilla del Amanecer, que en algún momento se calzó la del Alas Rojas y que en el 2006, sobre el final, que no será tal, recaló en Villa Teresa. Pero la Wikipedia está mal, desde hace unos cuantos meses ha vivido equivocada.

Gregorio Bare. (19 de marzo de 1974, en Colonia del Sacramento). Es un ex ciclista uruguayo”. Así nomás. Ex ciclista. Lacónica como siempre, Wikipedia, tira los bits y esconde la mano. Tuvo razón, durante 12 años tuvo incuestionablemente razón. Gregorio Bare, el Toro, el dueño de las pistas en el ciclismo de los 90, desapareció del radar. Estaba retirado. Pero, ¿puede estar retirado alguien que acaba de ser campeón?

Cortesía Eddy Mansulino, revista «Ciclismo Al Día» – Imagen: Mareli Fotos

Como los fantasmas de las malas películas de los sábados de noche, Bare tenía una cuenta pendiente, y no se podía ir hasta cumplirla. En 2006 se fue obligado. Lo fueron dice él. La plata, cuando aparecía, siempre impuntual, no alcanzaba para dejar de hacerse mala sangre. Agarró sus cosas, volvió a Colonia y nunca más se subió a una bicicleta. Como los amantes de las buenas películas de los viernes de noche, que rompen las fotos buscando quemar los recuerdos, Gregorio sacó la bicicleta de su vida. No le faltaron amigos insistentes, ni propuestas oficiales, pero el mismo se escondía las ganas, no podía dejarse tentar por el ciclismo. Ni para competir, ni para ir al almacén, ni a pescar. Ni siquiera para ir a trabajar a la construcción, el refugio de estos años de vida. Fueron 12 años sin subirse a una bicicleta.

Hasta hace un par de semanas. En realidad empezó a volver en el 2017, pero el 10 de diciembre de ese año, una doble fractura lo sacó de la ruta por varios meses. Cuando apenas soldaba lo esencial de la tibia y el peroné, se mandó, despacito y sin avisar a nadie, a la ruta. Empieza el plan: Gregorio Bare dedica el 2018 a sentir el cuerpo de nuevo, acumula buenas sensaciones, el motor sigue rindiendo, los embalajes se le hacen favorables, aunque la larga distancia le pesa. En Argentina le va bien, en Panamá gana, acá se entrevera en algún final cerrado con rivales que ni habían empezado a correr cuando él se retiró. La cosa marcha bien. Rueda bien. Da para estar contento. Pero el Velódromo lo está esperando.

Cortesía Eddy Mansulino, revista «Ciclismo Al Día» – Imagen: Mareli Fotos

Su velódromo. En el que instaló récords que directamente parecen de otro país. Donde brilló en 1999, cuando el Mundial B llegó a Uruguay, y Uruguay, gracias a Bare, también llegó al Mundial. Fueron dos oros en pista, pero también uno en ruta, quizás el más importante porque le ganó a las potencias que venían a jugarse su cupo para los Juegos de Sidney 2000. Se ganó el lugar y fue. Esos fueron sus segundos juegos, tras la experiencia de Atlanta en 1996. Durante esa década, Gregorio Bare fue el mejor velocista del país. En 1992 había deslumbrado en los Panamericanos de Ecuador, pulverizando el récord nacional del kilómetro, que sigue vigente hoy, y seguirá vigente por mucho tiempo más. A él, y a todos, siempre les va quedar la espina de saber para qué más estaba, que hubiese pasado si alguien de acá o de afuera, le prestaba atención a ese portento. Sus números al día de hoy parecen de fantasía, inalcanzables para el medio local.

Parado en los pedales, cabeza para adelante, y pecho cerrado, fuerza descomunal para rematar las carreras. El Toro Bare, como lo apodó José María Bello, empujando en el final, en la ruta o en la pista, en el 99, pero también en el 2018. Cuando Gregorio vio el cronograma del Campeonato Nacional de Velocidad de este año, no lo dudó. Se sentía bien, la pierna le respondía, la potencia se había quedado intacta, estaba para pelearlo. Faltaba una sola cosa, nada menor: una bicicleta de pista, que, al menos para él, era inalcanzable en Uruguay. La historia del mítico Toro volviendo a embestir cruzó fronteras y llegó a oídos de Juan Carlos Miconi, que jamás lo había visto personalmente. Miconi, dueño de las bicicletas Colner, con sede en Bahía Blanca, sintió que no se podía estropear semejante regreso solamente por eso y le envió una Vigorelli, especial para pista. Así, el Toro y la Colner completaron una especie de minotauro moderno y se lanzaron por todo.

Entonces, el 15 de diciembre de 2018, Gregorio Bare se olvida de todo. Se olvida que tiene 46 años, se olvida de la tibia y del peroné, de los accidentes en la ruta, de los casos de doping, de los 12 años que pasaron, y vuelve. Vuelve para decirle a la Wikipedia, y sus 1000 millones de visitas diarias que está mal, que no es un ex ciclista, que es un ciclista, a secas, como cualquiera, a pesar de sus casi 50 años. Porque en la vida, como en el ciclismo, cuando venís adelante del pelotón, no podés mirar para atrás.

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