l   diciembre 13, 2016   l  

Nacional campeón El más especial de todos





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El Nacional de Lasarte se quedó con el Campeonato Uruguayo Especial, acaso el torneo con el nombre más adecuado del mundo. Si habrá sido especial que tuvo dos semanas de demora en arrancar debido a que no se habían colocado unas cámaras de reconocimiento facial que al día de hoy todavía no han aparecido. Que Peñarol jugó 4 partidos a puertas cerradas, que jugó uno por la mitad y que otro lisa y llanamente no lo jugó porque le tiraron una garrafa a un perro. Que un equipo no pudo jugar algunos partidos en su cancha porque un tornado derribó un muro, que fuera oportunamente sustituido por una bandera. Todo ello sin mencionar los problemas con la marca de la camiseta de la selección, los intentos por desestabilizar al Ejecutivo, el duelo Pato Celeste – Lugano, balazos, saqueos, asesinatos, etc.

Parafraseando al Cacho Blanco: “fútbol uruguayo, un espectáculo espectacular”.

Haremos todo lo posible por no formular la pregunta que todo periodista deportivo ha debido formular o responder en los últimos días: ¿es Nacional un justo campeón? Más que nada porque no tendríamos forma de demostrarla, cualquiera sea nuestra respuesta.

Sí podemos decir que Nacional jugó 7 partidos en el Gran Parque Central, 3 en el Centenario, y 5 en “canchas chicas”, y que ganó los 10 que disputó en las inmediaciones del Hospital de Clínicas. Cuando tuvo que visitar escenarios de tribunas prefabricadas o de escasa simetría, le fue bastante peor: perdió 3, empató 1 y ganó apenas 1, en una jornada extraña en la que incluso Fucile redondeó un gran partido. ¿Cómo no estar de acuerdo con Lasarte cuando propuso jugar ante Fénix y Villa Española en el Centenario? Los números hacen ver que la decisión tricolor fue la correcta. Si colabora con la paridad del torneo, si atenta contra el juego limpio o si lisa y llanamente está mal que el equipo poderosa ejerza su poder para generarse aún más ventajas que de las de por sí ya goza, a cambio de unos pocos pesos, no es algo que esté en discusión. Pero si los equipos grandes compran localías, es porque encuentran equipos chicos bien dispuestos a venderlas, y un reglamento tibio que habilita ese tipo de transacción.

La culpa no siempre es del Chancho, sino del que le rasca el Dadomo.

A la hora de evaluar el juego, el de Nacional fue, cuando menos, regular. Ligüera se encargó de recobear siempre que pudo, Conde casi no cometió errores y a falta de un gran goleador, varios jugadores se repartieron el rol de mandarla a guardar. No necesitó más que eso para ganar el campeonato con relativa tranquilidad.

Efectos estadísticos

Dice la definición del Diccionario Mundial del Fútbol que el campeonato uruguayo es ese torneo en el que dos equipos que cuentan con todos los elementos favorables para salir campeones, salen en efecto campeones en un 85% de las veces. En la práctica, Nacional y Peñarol han intercalado épocas de hegemonía a lo largo de la historia: Nacional marcó diferencias en los años 20, a fines de los 30 y principios de los 40. Peñarol resurgió a fines de los 50 y hasta bien avanzados los 60. A fines de los 60, Nacional se hizo fuerte y desde 1973 y hasta 1997 se abrió un largo período de supremacía mirasol, quebrado en 1998 por aquel campeonato que Nacional ganó gracias a De León, a Sosita, a que Camejo anuló a Bengoechea y a que el árbitro Olivier Viera anuló un par de goles mirasoles en el clásico del Clausura, por motivos no del todo aparentes.

En ese último período de hegemonía carbonera (1973-1997), Nacional apenas conquistó 4 campeonatos uruguayos: 1977, 1980, 1983 y 1992. Cuatro en 24 años, contra 14 de Peñarol en idéntico período.

Pero Peñarol pagó muy caro el Quinquenio. Ganar el Uruguayo pasó de ser un efecto colateral o hasta un premio consuelo de haber armado un equipo competitivo para disputar un torneo internacional con intenciones serias de ganarlo, a ser un objetivo en sí mismo. Tan grande fue el precio que el efecto estadístico de haber ganado cinco campeonatos seguidos quedó ya diluido. De hecho, desde 1998 y hasta el 2016, Nacional conquistó 11 campeonatos Uruguayos, contra 5 de Peñarol. O dicho de otra forma: estamos igual que en 1983, año en que el máximo goleador de la historia del Club Atlético Peñarol y auténtico forjador de la supremacía carbonera en el cuarto de siglo posterior al golpe de estado de Juan María Bordabherry–Fernando Morena– se fracturó para ya no ser nunca más el mismo.

Lo que vendrá

El futuro no es muy halagador. Parece que desde la Mesa Ejecutiva afirman que el campeonato comenzará el primer fin de semana de febrero, por lo que todo hace pensar que comenzará no más allá del segundo, aunque claro, siempre puede haber un imponderable que lleve el arranque al tercer o cuarto. Para ese entonces, las cámaras de detección facial no estarán instaladas (a Peñarol le llevó menos tiempo construir el estadio que dotarlo de cámaras), Bonomi afirmará que sin cámaras no habrá policía en las tribunas, lo que obligará a postergar una semana más el puntapié inicial, que finalmente se jugará tras el compromiso asumido por los clubes de trabajar de manera sinérgica en pos de la instalación de las cámaras con la debida premura.

Ya para ese entonces (mediados de abril), habrá que jugar partidos entresemana porque –si no podíamos con dos torneos, ahora vamos a tener tres– entre Apertura y Clausura se disputará un tercer y enigmático certamen. Pues parece que el mecanismo de disputa era demasiado fácil de entender, lo que obligaba a complicarlo un poco a fin de perjudicar aún más las chances de negociar las imágenes de nuestro fútbol en el exterior. Como para que Tenfield no quiera voltear al ejecutivo.

En medio de tanta mediocridad, una luz de esperanza: el entrenador de Nacional, que más allá de sugerir la compra de localías ha demostrado siempre un sentido común y una capacidad para expresarse de manera sensata que son poco habituales en nuestro balompié, manifestó públicamente que intentará conquistar la Copa Libertadores. No dijo que piensa ganarla, sino que hará el intento, que hacia allá enfocará los objetivos deportivos del club.

¿Lo logrará? Probablemente no. Pero si no se intenta, si se llega al extremo de reservar jugadores para enfrentar a Boston River por el torneo local, el fútbol uruguayo nunca volverá a recuperar lo que le falta para ser un fútbol ejemplar: ganar algo a nivel de clubes.

Porque el prestigio del fútbol de un país se cimenta en tres únicos ítems: el nivel de su selección, el nivel de sus clubes y su poderío económico. Para tener un fútbol poderoso, es necesario tener cubiertos dos de los tres. Uruguay, que ya hace años tiene una selección ejemplar, jamás podrá aspirar a ser un fútbol económicamente poderoso: ya bastante con que los grandes se den el gusto de pagarle 50 mil dólares por mes a jugadores extranjeros que pasan seis meses sentados en el banco de suplentes. Pero sí se torna necesario arropar un poco a la selección con una buena campaña de un equipo, que no todo el peso de las alegrías de los hinchas recaigan sobre los hombros de Tabárez, Suárez, Cavani y Godín. Si pasan 3, 4, hasta 10 años y no ganás nada, puede ser casualidad. Pero cuando pasan casi 30, es claro síntoma de que algo mal estamos haciendo.

Porque todo bien con ganar un clásico 5 a 0 o dar vuelta otro pasada la hora, pero la auténtica gloria, esa que los hinchas que tienen treinta años o menos lamentablemente no conocen, es la que se consigue afuera.

Y si Nacional y Peñarol van por ella, y al hacerlo descuidan el campeonato local y se abstienen de ganarlo por un par de años, y en lugar de pelearse por ver quién nació antes, quién rompe más autos a la hora de festejar o quién tiene el mejor estadio, se pelean por ganar algo realmente importante, no harán más que contribuir al bien general.

Y seremos, todos y todas, un poco más felices.

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