l   abril 20, 2018   l  

Vuelta Ciclista del Uruguay El gigante invisible





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El locutor repite como un mantra: “La Vuelta es La Vuelta”. El mensaje se cuela por las radios y retransmisoras, y recorre los pueblos y ciudades que siguen durante diez días a La Vuelta Ciclista del Uruguay. Ser parte de ella implica serlo todo el tiempo, a toda hora. Durante diez días, es omnipresente. Dentro de La Vuelta todo, fuera de La Vuelta nada.

Sebastián Moreira

Con 75 ediciones sobre el cuadro, la huella de La Vuelta siempre se hace notar por donde pasa. Este año, 18 ciudades la recibieron o la despidieron, pero si se tienen en cuenta todas las poblaciones por las que pasó el pelotón, el número se va largamente a más de 100. Al estilo de un viejo circo, el contingente de casi 300 personas va arrastrando todo tipo de vehículos que sirven para poner a andar un evento ambicioso. Hay un coche de la Onda pintado de celeste, una Chevrolet de 1960 que lleva unas bicis de 2050, y unas Traffic modernas, polarizadas, con chapa de Brasil, claro. Algunos equipos cuentan con sus propios ómnibus equipados con aire acondicionado y camas donde los ciclistas van descansando, eso es lujo y no es vulgaridad. Otros tienen desvencijados autos que ya han festejado bodas de plata aunque lo disimulen. Nada sobra y todo vale para ir detrás y delante del pelotón. Hay muchas funciones para cumplir. Los equipos que pueden, suelen mandar un contingente de avanzada, que llega unas horas antes al pueblo para armar el almuerzo y los gazebos que darán cobijo a los atletas a su llegada. En el medio y atrás van los autos de auxilio, prontos para cualquier emergencia. Los hinchas y dirigentes prestan durante un puñado de días todo tipo de autos y camionetas para trasladar a las delegaciones.

La Vuelta arrastra ese halo místico que seduce a propios y extraños. Aunque los extraños sean cada vez más, y sientan más lejos el canto de las sirenas. La construcción de lo pintoresco dice que en el ciclismo hay un delicado equilibrio entre lo familiar y lo profesional; una línea delgada sobre la que los equipos uruguayos, 19 este año, tienen que poner a andar su maquinaria. Para los equipos extranjeros, invitados por la organización para darle categoría internacional a la competencia, puede ser distinto, pero en el caso de los locales, es imposible comprender el fenómeno sin el inherente amor al deporte de los que pedalean, y de los que no. Poner a un equipo en la Vuelta Ciclista con ánimos de competir entre los de arriba (este año el San Antonio, Cerro Largo o Ciudad del Plata) vale no menos de $200.000. Un equipo más pequeño, puede llegar a rodar con $50.000, apretando el cinturón. Pero hay un dato, esos números solo incluyen a los llamados “gastos de ruta”. Pocos tienen una cifra real de lo que se necesita. Hay que conseguir carne, fideos, leche, pan o cualquier tipo de comestibles; es a muñeca y a contacto. Tarea de dirigentes que recorren sus ciudades pidiendo comercio por comercio. Y casi todos ponen. Cada paquete de arroz es un gasto menos y suma, cada kilo de carne picada puede significar un peso más para llevar mejores repuestos o, en una de esas, sumar un mecánico. La visita al almacén de barrio más chico vale la pena, y, según el manual de estilo, debe hacerse en el mes previo a La Vuelta, para que el espíritu ya haya desembarcado en la ciudad, pasada Rutas de América, y haya buena predisposición de los vecinos.

No se acaba ahí. Hay que sumarle el alojamiento. Son infinitas las formas que toma el hospedaje durante la vuelta. Los equipos más pequeños mueven entre cuatro y seis ciclistas y un par de colaboradores, y los grandes le suman hasta 12 o 15 personas trabajando alrededor de sus pedalistas. Hay que innovar, para ahorrar, pero también porque hasta las ciudades más grandes, como Durazno o Tacuarembó, no pueden dar alojamiento a la caravana entera. Es habitual que la delegación se instale en la casa de amigos, orgullosos por recibir una comitiva, o que a fuerza de charlas previas se consiga alojamiento en algún club o ente estatal de la zona. Pero incluso los que se quedan en hoteles, porque quieren o porque no tienen más remedio, tienen que negociar. La cocina es fundamental y tiene que ser reducto del equipo. En el desayunador del hotel de Cardona, arañando las 7 de la mañana, junto a las tostadas, cinco hombres se clavan un plato de moñitas con huevos duros. La bicicleta no lleva combustible, pero el hombre si, hay que darle carbohidratos a esos cuerpos que tienen 160km, y cinco horas de tarea por delante.

Y La Vuelta es La Vuelta. La radio lo sigue repitiendo. No hay forma de escaparle a la carrera. Aunque el mantra, ya lo sabemos, tiene algo de rezo, así que es una afirmación pero también un pedido y un recuerdo nostálgico. Los que tienen más experiencia añoran cuando la llegada de La Vuelta incluía espectáculos y movimiento durante todo el día y la noche. El pueblo era una romería. Codearse a cada paso con un competidor, ver las calles efervescentes, música, luces, ser una metrópolis por un día. Ahora el pasaje es más fugaz, más rutinario dicen algunos, resignados.

Eso no quita, que para muchos pueblos es la fiesta del año, y cuánto más chico el lugar más grande la novedad. Pero lo pintoresco se da la mano con lo no planificado. En Caraguatá estaban casi todos los pobladores disponibles esperando en la meta, unos barrían la tierra, otros sacaban fotos, otros cocinaban, todos miraban. Había orgullo, alguien había pagado asado para todos los que venían con La Vuelta, y una hermosa piscina, llenada casi en exceso, rebosante, recibía a los ciclistas, que, incluso en malla de carrera, se tiraban a refrescarse. Una de cal y una de arena. La llegada fue entre el polvo que volaba por todos lados, tras las motos de caminera que llegan a la cabeza, hubo que adivinar las siluetas de los ciclistas en una especie de Western moderno digno de Sergio Leone, mientras los organizadores corrían sacando gente que sobraba. Muchos se conformaban con que nadie se cayera sobre la calle de balastro suelto.

Nadie dejó de admirar a los 107 que llegaron ese día, por supuesto. Un surrealismo mágico subtropical que permite seguir sosteniendo a La Vuelta como un gigante, aunque no tenga la misma pilcha.

A medida que la Vuelta Ciclista quema kilómetros y fronteras, el relato acompaña como una estela que se mete en cada emisora. En rigor, la radio que la sigue es una, Radio Canelones. Un reciente convenio entre esta emisora y Radiodifusión Nacional, amplió su alcance y a lo largo de la competencia los canarios se transforman en múltiples FM locales. Y tiene su valor que sea en radio, el viejo aparatito casi demodé, porque durante diez días aparecerán muchos pueblos donde la red celular colapsa a la llegada de 300 invitados. La radio no, generosa, infinita, no te deja a pata ni siquiera en medio de la ruta, cuando la señal pasa del 4G al 0G al instante. La otra transmisión, la de de la tele, es eso, “la otra”. Es ampulosa, con buena cara, pero está mal vestida y queda opacada por la más humilde, la de la radio, que no tendrá tanta ropa, pero sabe combinarla. VTV no calcula cuánta distancia hay entre los fugados y el pelotón, casi no utiliza gráficas que aporten información sobre la etapa, su recorrido, o al menos el nombre de los ciclistas que estamos viendo. Quizás por eso, a pesar de que Tenfield es amo y señor de la organización, a pesar de las carpas, los nombres famosos, las camperas y los banners; en la meta, los parlantes, traen la voz del equipo de la radio canaria, que le cuenta a los cientos que se amontonan en las vallas, quienes serán las manchas multicolores que van a aplaudir.

La radio sigue repitiendo su mantra, que a esta altura ya tiene todo, es un eslogan, un rezo a un dios pagano y un pedido de ayuda. Con dificultades económicas que se adivinan rápidamente, pero sobre todo con problemas para sacar el producto fuera de su propio mundillo, de ampliar su cobertura. La Vuelta es endogámica. Co-organizada entre Tenfield y la Federación Ciclista del Uruguay, es llevada adelante por gente del ciclismo, y sus hijos, hermanos, amigos y primos, literalmente. Y si bien se le notan las hilachas, tiene razón el locutor, La Vuelta es La Vuelta. Es una competencia ambiciosa e integradora, única, que no se para en la capital con la espalda hacia el interior. Es el lugar donde los paisanos son profetas en su tierra y donde por una vez, no es Montevideo todo lo que reluce.

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