l   octubre 19, 2016   l  

CAP Ciencia aplicada al deporte





E

En momentos en los que la institución de las once estrellas busca nuevo entrenador, nos disponemos a demostrar científicamente cuál es la mejor opción para Juan Pedro y sus amigos. ¿Será Guardiola? ¿Será Holan? ¿Será Dunga? Leé. Lo que sucederá a continuación, te sorprenderá.

Lo primero que debemos hacer –y que seguramente el presidente Damiani ya habrá hecho– es demostrar que Peñarol necesita cambiar de entrenador. Usted me dirá: “el Polilla ya decidió por él”, y tendrá razón. Pero: ¿usted realmente cree que Da Silva se hubiera ido si Damiani no se lo hubiese sugerido con ese mensaje de Whatsapp tan mágicamente captado por las cámaras de Tenfield? Hablamos de este mensaje capturado aquí en forma exclusiva para Zona Mixta:

Watsapp

Pero hablemos de números que sustentan la decisión del mandamás carbonero. En lo que va de la década, Peñarol ha tenido 14 cambios de entrenador, y 11 entrenadores diferentes (Aguirre, Goncalves y Da Silva tuvieron dos pasajes). El número –para una década que está lejos aún de culminar– es sensiblemente mayor al de la primera década del siglo actual (entre 2000 y 2009 Peñarol tuvo 11 cuerpos técnicos diferentes) y al de la última del anterior (entre 1990 y 1999 registró 13 entrenadores, con la salvedad de que 8 los tuvo entre 1990 y 1992).

Breve digresión: el récord de volatilidad lo tiene la temporada de 1980, en la que los carboneros tuvieron… ¡6 entrenadores diferentes! No es casualidad que en esa temporada, Nacional haya ganado todo (clásicos, Uruguayo, Libertadores e Intercontinental). Porque para echar a un técnico de cuadro grande hacen falta dos cosas: que al equipo grande le vaya mal, y que al rival le vaya bien.

Pero volviendo al presente: lo realmente grave es que la proporción cantidad de entrenadores sobre títulos obtenidos es altísima para la entidad oro y carbón. Si a esa proporción la denominamos “Índice de Fleitas” (IF), vemos que para el Peñarol de la década actual:

    IF(CAP)= cant. Entrenadores = 14 = 3,5.
títulos obtenidos+1    4

No hace falta ser Stephen Hawking para comprender que a valores menores del Índice de Fleitas, más estable será la situación del equipo en cuestión. Es más: de acuerdo al teorema de Edgard Welker, la situación del club X para un determinado período de tiempo estará comprometida si:

IF(x) > 1

Paralelamente, de acuerdo al corolario de José Carlos, la situación ideal es aquella en la que:

IF(x) < ½

Por ejemplo, para el período 1993 – 1997, el IF de Peñarol fue de 2 sobre 6, es decir, de 0,33. En cambio, el de Nacional para el mismo período fue de 9 (nueve entrenadores, ningún título).

Podrá haber alguien que denuncie que aquí afirmamos que los malos resultados habilitan un nuevo cambio de entrenador, es decir, que perder provoca un cambio de timón, pero que bien se podría afirmar lo contrario: que los malos resultados son consecuencia y no causa de cambiar a cada rato de técnico. Puede ser. Pero si aplicamos el teorema de Juan Ricardo Faccio (aquel que dice “Técnico que debuta, no pierde”) y el axioma del Profesor De León (“Equipo que gana no se toca”), llegaremos a la conclusión de que “técnico que debuta no se toca hasta que deja de ganar” (“corolario de Vitette”), lo que nos lleva a admitir que cuando el técnico deja de ganar, hay que cambiarlo por otro nuevo, que al menos durante un rato no perderá.

Basta ver a Curutchet para comprender la veracidad de estas palabras.

¿Cuál es la mejor opción?

Demostrado que el cambio de entrenador era poco menos que cantado, debemos ahora buscar al hombre ideal para comandar al primer equipo mirasol. Un rápido repaso por los técnicos más exitosos de la historia carbonera nos hace ver que:

 gregorio– El pasado exitoso en el club no sirve de mucho. Gregorio Pérez llegó a Peñarol sin haber pasado por sus filas, y tuvo éxito. Luego, cuando volvió, con cuatro campeonatos ganados en su palmarés, y perdió un par de partidos, fue cesado. Luego, cuando volvió y perdió otro par de partidos, fue vuelto a cesar. Y luego volvió a volver y lo volvieron a echar. Por su parte, Diego Aguirre tuvo un cierre de temporada 2004 para el mejor de los recuerdos (de los hinchas de Nacional), con clásicos perdidos de atrás y goleadas abultadas ante equipos menores. Antes se había sacado de encima a Bengoechea, lo que motivó el enojo de la parcialidad. Sin embargo, en 2010 volvió, ganó un par de partidos, y volvió a ser el Diegol querido de mil amores. Enseguida se fue y lo putearon. A los pocos meses volvió y lo aclamaron (final de Libertadores mediante). Luego se deshizo del otro ídolo moderno (Tony Pacheco) y a las dos semanas se fue a hacer plata a Medio Oriente. Lo siguieron puteando. Y hace poco estuvo por volver, pero vio que la mano venía complicada, y se fue a Brasil. Lo reputearon. Pero todos sabemos que si mañana vuelve, será aclamado. Lo mismo pasa con Bengoechea: la hinchada lo puteaba, hasta que Damiani –tipo sensible a los requerimientos del público, si los hay– lo echó para traer a otro peor. Y ahí sí que lo empezaron a extrañar. Pero recién ahí: antes lo puteaban porque el equipo salía campeón pero jugaba feo y no ganaba los clásicos. A nadie le importó que haya sido el artífice máximo del quinquenio.

– Más que en lo deportivo, para seleccionar al entrenador aurinegro idóneo, conviene repasar sus condiciones anímicas, culturales y hasta extrasensoriales. Por ejemplo, un entrenador que como jugador haya sido un lírico, un amante del buen fútbol, y que haya frecuentado el caño y la jopeada mucho más que el arrojarse a trancar con la plancha levantada, no tiene lugar en el Campeón del Siglo. ¿Cuánto hubiese durado el Muñeco Gallardo en Peñarol? Dos fechas, acaso tres. Luego, un técnico “con estudio” tampoco tendría las cosas sencillas en el elenco carbonero: en Peñarol manda el equipo deportivo o el jean por sobre el traje, la universidad de la calle por sobre la de la República, el “de esto se sale trabajando, no conozco otra manera” por encima del Kizanaro, los claritos por encima de la cresta trabajada.

– Peñarol necesita esquemas tácticos comprensibles, nada de cosas raras. Todos recordamos lo que le pasó a Menotti cuando quiso imponer el “achique”: Peñarol se comía de a 3 y de a 4, y el argentino se tuvo que ir. Al yugoslavo Petrovic tampoco le fue bien: quería jugar por bajo y en canchas como la del Paladino se dificultaba. Tampoco le ha ido bien con entrenadores jóvenes y revolucionarios, de esos que triunfaron en el exterior ni bien se fueron de Los Aromos, como Matosas o el Tornado Alonso. Dos líneas de cuatro y dos delanteros rápidos, o si se quiere un 4-3-3 con un nueve de área y dos punteritos movedizos. Nada de lateralizar el juego: pelotazo largo, centro, gol. Así de sencillo. Y después, si hay que tirar todo el cuadro atrás, se tira, buscando siempre el contragolpe. ¿Qué sería de Peñarol sin el contragolpe? Un cuadro con menos copas y con muchos menos clásicos ganados.menotti

– Para dirigir a Peñarol, hay que conocerlo. No necesariamente del lado de adentro: basta haberlo enfrentado en el pasado. Es por ello que los entrenadores extranjeros no han tenido éxito en Los Aromos, sobre todo en la era moderna: muchos vienen encantados con la fama que el nombre de la institución encierra, o seducidos por esa combinación de colores tan singular, y tan pocas veces vista en algo que no sea una barrera de tren o una cinta de “no pasar”. Pero al tercer o cuarto partido de vivir en carne propia la presión de dirigir a ese ejército de jugadores hambrientos de gloria, dan un paso al costado.

– A Peñarol le gusta la mística, lo sobrenatural, lo religioso, lo indemostrable. Si aparece un técnico que sale campeón apelando a un estricto régimen de entrenamientos, y otro que sale campeón pese a que aparecieron fotos de integrantes del plantel enfiestados con cuatro chicas trans y un ocelote albino la noche previa a la final, ¿por quién se inclinaría? Por el segundo, obviamente. Peñarol cree que haciendo mal las cosas o sin merecer otra cosa que el fracaso, se puede llegar a buen puerto, y buena parte de su historia se ha basado en el incumplimiento cuasi religioso de esta alocada premisa. ¿Alguna vez Peñarol se armó para salir campeón y salió campeón? No: basta ver cómo le fue en el actual Uruguayo Especial, donde tras haber formado una megaselección de talentos locales –disputada más de la mitad del campeonato– ocupa la undécima posición. ¿Peñarol salió campeón en circunstancias en las que ningún otro equipo del mundo podría haber salido? Claro que sí. Prácticamente no ha hecho otra cosa en su más de 100 años de historia.

Por todo lo antedicho, creemos –sin temor a equivocarnos– que Leo Ramos es el hombre idóneo para ocupar el banquillo amarillo y negro: no tiene un pasado exitoso en el club (pasó, pero sin pena ni gloria), es temperamental y tiene boliche (algunos dirían que es medio terraja), hace planteos tácticos comprensibles, no tiene empacho en mandar a los once a defender y buscar “la contra” a ver qué pasa, sus jugadores –todos– corren y dan todo por el equipo (el que no corre, no juega), le da vida a jóvenes valores del club (por lo que servirá para ahorrar plata que se destinará a pagarle el sueldo atrasado a Ávalos), y salió campeón cuando nadie daba dos pesos por su Danubio, ese que tan poco se parecía a los equipos clásicos de Danubio y que tanto se parecía (y se parece) a los de Peñarol de antes, de cuando Peñarol ganaba por el mero acto de agitar la camiseta en la nariz de los rivales.

Encima, supo pelearse con la hinchada, echó a un par de jugadores porque no le gustaba su cara o porque no corrían, está todo el día gesticulando, y es urticante a la hora de declarar. Todos ellos factores que el hincha de la Ámsterdam sabrá valorar cuando empiece a entonar esa canción que dirá, más o menos, así:

“Que de la mano… de Leo Ramos… todos la vuelta vamos a dar, vení, vení…”

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