l   mayo 13, 2020   l  

Andrés Salcedo y un torrente ochentoso





El regreso solitario y protagónico de la Liga Alemana disparó con violencia mi memoria afectiva, como si de la mismísima Magdalena de Proust se tratara.

Resultó ser un viaje frenético hacia mi niñez -ya mucho más lejana de los que desearía- y a esa entrañable década de los 80, que suele significar tanto para los cuarentones nostálgicos.

Y dentro de esa vorágine evocadora, el fútbol alemán, y aquellos sábados al mediodía de Canal 5, tienen un papel estelar, en gran medida por la figura del narrador colombiano Andrés Salcedo, un auténtico ícono comunicacional para los futboleros de mi generación.

Claro que los partidos eran de alta calidad y especialmente atractivos. Y era lógico, entre otras cosas porque elegían el mejor choque de la fecha y le cortaban las partes tediosas, confeccionando compactos de unos 30 minutos por tiempo.

La televisación era especialmente buena y también era excepcional el nivel de los jugadores, muchos de los cuales jugaron las finales de los Mundiales del 86 y el 90.

Pero más allá de todo eso, lo que resultó realmente diferencial -y lo que hace que yo esté escribiendo esto ahora- es el relato de Salcedo, quien en cada transmisión, con maestría sin igual, hacía gala de su carisma, calidez, originalidad, humor e inteligencia.

Paul Steiner, el cavernícola

Obviamente, el partido pasaba a segundo plano por varios períodos y era habitual que los goles lo sorprendieran, en el medio de un cuento alocado, muchas veces sin vinculación alguna con el fútbol.

Parte del atractivo -no el único, pero tal vez el más conocido- era la increíble capacidad que tenía Salcedo para inventar apodos. Yo ignoraba cómo o porqué, pero sentía que cada apodo encajaba exactamente con la personalidad del futbolista en cuestión. En otras palabras, parecía que cada personaje había nacido con un único propósito, claro y definido: llevar el apodo que le había asignado Andrés. Una especie de predestinación, resignificada y salvaje.

Siguiendo mi tendencia casi karmática de no hacerme hincha de los que ganan siempre, sino de aquellos que lo hacen en alguna ocasión excepcional, comencé a seguir con cierto fanatismo al Colonia, un equipo que, por entonces, intentó hacerle sombra al Bayern de Munich, algunas veces con éxito.

Fue una época dorada para el FC Köln, ya que teníamos -sí, teníamos- figuras de la talla del Poroto Hässler, Migajita Littbarski, el Cavernícola Stainer, Angelito Engels, el Delfín Ilgner o Uwe Rhan, el Carapálida.

«Naturalmente, como siempre, el Bayern también contaba con futbolistas de excepción, como el Loquillo Pfaff, Ojitos Augenthaler, Pie de Plancha Kölher, el Lobito Michael Rumenigge, Andreitas Brehme, Mateito Matthäus, el Quesito Lunde y el Carbonero Wolfhard (medio pecho frío, pero flor de goleador) «

Los apodos eran casi infinitos y tenían su raíz en diversas situaciones, muchas veces políticas, lo cual no resulta menor en plena Guerra Fría. Podemos citar algunos, como Mao Mao Breitner, el Picotero Bein, el Banoldero Labbadia, Escopetica Mill, Prima Balerina Möller, Alambrito Fankelmayer, el Policía Kunz, Cien Mil Volteos Reuter, Olaf Thon, el Niño de las Peinetas, y el alemán oriental Nachtweih, apodado el Espía que Venía del Frío. Mágico.

En algunas entrevistas que brindó en aquella época, Salcedo comentó que si los jugadores germanos se enteraban de los apodos que él les ponía, probablemente lo demandarían. «Creo que muchos de ellos se ofenderían, lo tomarían como una falta de respeto, porque son culturalmente muy diferentes a nosotros los latinoamericanos», dijo.

Sin embargo, para nosotros, los apodos no significaron otra cosa que una especie de humanización de aquellos guerreros intocables, una manera de sentirlos más cerca, de quererlos y de hacerlos nuestros.

Tanto es así, que cuando el 4 de junio de 1986, Uruguay y Alemania Federal se enfrentaron en el Estadio La Corregidora de Querétaro, en el primer partido de ambos en el Mundial de México, mi padre me instaló una duda, que actuó como el más afilado de los puñales.

Él sabía lo que significaba ese equipo alemán para mí. Era él quien los sábados discutía con mi hermano y conmigo, ya que nosotros pretendíamos almorzar en el living, para estar cerca de la tele.

Mao Mao, Paul Breitner

-No, no. Los sábados es de los pocos días que podemos comer todos juntos, así que comemos todos en la cocina, sin tele. -Comunicaba con determinación.

Al final terminó cediendo, por lo que mi hermano y yo comíamos en la cocina, pero a eso de las dos de la tarde, y solos. Era una pena, porque los sábados por la mañana solíamos ir a la feria de la calle Mazangano y mi madre comparaba pescado, que luego freía con harina y huevo. Lejos de ser lo mismo, comerlo frío era un verdadero desperdicio. Pero la prioridad estaba clara.

En fin, mi padre sabía que yo había visto más veces jugar a Mateito, a Brehme, a Briegel, a Aloffs y a Schumacher, que a los jugadores de Uruguay, cuya mayoría estaban en ligas que yo no seguía (no había forma de que lo hiciera) o eran de Nacional y Peñarol. Enzo Francescoli, nuestra estrella, jugaba en el Racing Matra de París…

Mi padre me veía jugar en el patio, diciendo tor en lugar de gol, automencionándome como Littbarski o Ilgner y, obviamente, relatando como Salcedo (¡Y la coló!», decía él cuando alguien hacía un gol).

Y entonces, poco antes de aquel partido crucial, mi padre me preguntó: «Y vos…Por quién hinchás hoy?»

Yo tenía nueve años y nunca había a visto a mi país en una Copa del Mundo. Sí recordaba con emoción las increíbles finales contra Brasil de la Copa América del 83, así como haber ido al Estadio contra Venezuela, el día que René Torres quebró a Fernando Morena.

Pero, francamente, aquella tarde invernal del 86, no tenía idea por quien iba hinchar. Contesté lo que sabía que estaba bien, pero, honestamente, no estaba convencido.

Recién cuando empezó el partido, lo supe. El himno, la camiseta, la emoción de todos en casa… Y el gol tempranero de Alzamanedi, tras un pase atrás defectuoso de Matthäus, lo hizo todavía más fácil.

Gol de Antonio Alzamendi

Pero Andrés Salcedo era eso, era un acercador. Nos metió adentro de la Bundesliga y logró que los jugadores alemanes pasaran a ser parte de nuestro mundo cotidiano, como si pudiéramos verlos un domingo de tarde en el Parque Viera o en Jardines del Hipódromo.

Recuerdo que, también con mi hermano, cuando veíamos los partidos de Alemania en los mundiales, «odiábamos» a los relatores de turno, porque no pronunciaban bien los apellidos de los jugadores teutones.

«No, era Jasler, era Jesla. No era Voler, era Fuela. No era Coler, era Cola. No era Mataus, era Mateus. Y podíamos seguir así horas, indignados. Claro, estaban yendo al cruce de Salcedo y, en cierto punto, estaban metiéndose con nuestros jugadores y desafiando su más pura identidad»

Allá por el no tan lejano 2006, en mi anterior reencarnación periodística, tuve la suerte de entrevistar al «acercador», que ya en esa época, como ahora, era para mí únicamente un generador de recuerdos.

Junto a Andrés Reyes y Paco Fernández, y gracias a la excelente gestión de Federico Dalmaud, hablamos un rato largo con don Andrés Salcedo, aprovechando una de aquellas tardes sin fútbol en 13a0. No guardé la entrevista (soy un desastre en esas cosas), pero en el canal de YouTube de Dalmaud hay un pequeño resumen.

Andrés Salcedo, a los 80 años

Nosotros le rendimos pleitesía, lisa y llanamente. Recuerdo que le conté del pescado frío y de todas aquella vivencias ochentosas. Comenzamos a mencionarle apodos y notamos una genuina sorpresa de su parte, incluso cierta emoción. «Algunos de esos apodos, hasta yo los había borrado de mi disco duro», contestó entre risas.

Más adelante, nos contó de su amor por la cultura. Nos habló de su gusto por la música, su obsesión por la literatura y su gran conocimiento de la historia.

Y ahí entendimos todo. Incluso recordamos lo que solía decir el Profe Piñeyrúa, acerca de leer muchos libros, escuchar mucha música y ver muchas películas.

Aquellas palabras de Salcedo significaron como una bocanada de aire, que hoy, casi 15 años después, se mantiene más vigente que nunca, especialmente en la época en donde parece dominar el culto por hablar mucho de todo, sin saber nada de nada.

En la época de la inmediatez del Twitter, el insulto fácil y el acoso mediático en patota, el recuerdo de don Andrés Salcedo es una auténtica caricia.

En fin, gracias Fútbol Alemán. Gracias por ser el primero en volver y desatar este torrente.

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