l   febrero 9, 2017   l  

Adusto analiza Bienvenidos al Show





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Mientras los gorriones celestes comenzaban a amenazar con traerle al fútbol uruguayo su primer título desde el retorno de la democracia, a miles de quilómetros de distancia, daba comienzo el apasionante Campeonato Uruguayo. A continuación, un breve análisis de lo que pudieron ver los elegidos que consiguieron sacar una entrada, así como una reflexión sobre los días oscuros que atraviesa nuestro otrora apacible mundillo futbolístico local.

Lubo Adusto Freire

El dispositivo montado por el Ministerio del Interior, con el apoyo de los altos mandos de la AUF, fue un éxito, y a poco estuvo de ser perfecto. Es que con el sano fin de alejar a los violentos de las canchas, se ha logrado que sea prácticamente imposible sacar una entrada (se pide cédula, carné de vacuna BCG al día, recibo de ente público a su nombre y 8 horas de ayuno). Claro: mucha gente pacífica se vio privada de ver los partidos, pero sabido es que en toda guerra hay víctimas inocentes. Más allá de que, por tratarse de fútbol uruguayo, los límites entre víctimas y beneficiarios se tornan por demás difusos.

Si Juan y Pedro van a ver un Sud América – Fénix, y Juan entra y Pedro no, ¿quién es la víctima? Para pensar en la semana.

Ganó Nacional

Al grano: el elenco tricoparquense jugó como sabe (feo) y ganó, como casi siempre. El problema radicó en que la ausencia de Polenta mejoró la visibilidad de los espectadores que pudieron apreciar cómo un cabezazo in extremis del ex Aguada Chipi Alles casi se traduce en el empate, en las postrimerías del match. El único gol del partido, obra del Kevin del Parque, contó con la participación del portero Juan Castillo, que bastante tiene ya con los problemas de su querido Rampla como para encargarse también de atajar.

Los concurrentes al Coloso de Cemento (47 entradas la venta primaria) se preguntaban dos cosas. La primera: ¿Griezmann sabe que aparece en un reclame de milanesas? La segunda, y acaso más importante: ¿para qué demonios Nacional trajo al Tata González? Porque por mejor que nos caiga el movedizo volante (notamos un cambio actitudinal en ocasión de la Copa de las Confederaciones cuando le dijo un par de verdades al player Neymar, y desde entonces ha ido de menos a más en las estadísticas de la vida), parece haber demasiados jugadores para apenas 3 ó 4 puestos. ¿Será que Lasarte ya está preparando el clásico y que, fiel a su estilo, está pensando en un 4-6-0 para frenar los avances de Petrik? Vaya uno a saber.

Confirmado Peñarol

Al día siguiente, la máquina carbonera de Leo Ramos tuvo un debut de ensueño ante el siempre estimulante El Tanque, en el coqueto field del Campeón del Siglo. El viento imperante (moderado y algo fuerte, con algunas rachas fuertes) fue acaso la mejor figura del ataque aurinegro, tanto que durante los primeros 45 minutos, los fusionados fueron incapaces de cruzar la mitad del campo. Ya en el complemento, dos goles de un irreconocible Nández (cuesta reconocerlo vestido) fueron suficientes para sentenciar la suerte del partido que el elenco oro y carbón hizo suyo con una desacostumbrada facilidad.

Un destaque para la parcialidad mirasol que, en señal de protesta ante lo que juzgó una decisión poco feliz de su directiva (la de darle a Bonomi un listado de los hinchas que van armados a la cancha; ¡no hay derecho!), decidió poner las banderas al revés y –si serán crueles– no llevar adelante su habitual espectáculo musical. Fue así como se nos privó de leer cosas tales como “Colón 100% Manya”, “Estoy enfermo de vos” o “Una pasión inexplicable”, y de deleitarnos con la melodía inconfundible de “La leche del carbonero” y la riqueza conceptual de sus estrofas. Ojalá alguien apele al sentido común y no tengamos que pagar justos por pecadores.

Nos confirman que también se jugaron otros partidos, y que incluso hubo algún que otro gol –no muchos, no vaya usted a creer– pero el campeonato no está lo suficientemente avanzado como para preocuparnos por los equipos menos populares.

Más anticuados que nunca

Para terminar, una reflexión sobre la decisión de la empresa Tenfield de no filmar el ingreso al campo de los equipos. Es que a los nuevos revolucionarios de Instagram y Snapchat con botines de colores, se les ha dado para posar junto a los rivales de turno, acompañados por una pancarta que reza algo así como “Más unidos que nunca”, y parece que el críptico mensaje está dirigido a nuestra empresa por antonomasia. O a la mutual de futbolistas profesionales. O vaya a saber uno a quién: incluso podría tratarse de un perfecto slogan para una marca de cemento de contacto o para una casa de citas.

Me imagino la orden que llega por la cucaracha por parte del director de la transmisión, al grito de “no ponchen la foto de los planteles, repito, no ponchen la foto de los planteles. Plano largo y fuera de foco, y le metemos arriba el graph con las alineaciones, sí, ese mismo de fotos en los que varios jugadores y técnicos parecen no tener manos”.

Lo cierto es que la decisión es, cuando menos, polémica. En los tiempos que corren, no debe haber nada más efectivo para que algo se difunda que prohibir su difusión. El problema de Tenfield es que, como vio que era capaz de estirar su contrato eternamente sin ninguna oposición (siempre en pos de la dignificación del futbolista, claro está), de modo que nunca se esmeró por mejorar sus ofertas (necesitó ayuda de Nike, por ejemplo), tampoco se preocupó por actualizar sus ideas: para Tenfield seguimos estando en 1998. Por eso, en épocas de Kizanaro, durante el entretiempo nos siguen pasando estadísticas que ya no le importan a nadie (¿qué se infiere de la cantidad de offsides? ¿La capacidad del centrodelantero para quedarse dormido o distraerse con las chiquilinas de la platea?), con periodistas que dejaron de ser queridos –si alguna vez lo fueron– durante la segunda presidencia de Julio María, y vestidos con los mismos trajes que usaba Isidro Cristiá para presentar “Doble o nada con Sí-sí”.

¿A quién se le ocurre prohibir una imagen en un evento al que han concurrido no menos de 10.000 adolescentes, de esos que prácticamente no saben usar otra cosa que un celular? Piense, a modo de ejemplo, qué suerte hubiera corrido el cuadro aquel de Mujica y Lucía en bolas: el olvido, la indiferencia, la apatía, la abulia (gracias Juan Carlos por el aporte) ante una obra de dudoso buen gusto.

Pero sin embargo a alguien se le ocurrió censurarlo, llamó a la policía, y un agente en servicio fue hasta la galería y bajó el cuadro, para esconderlo vaya a saber uno dónde. Dos minutos después, uno de cada dos uruguayos había visto la imagen en cuestión (el uruguayo restante estaba viendo el video de Nacho Álvarez).

En esta época, la mejor manera de matar la difusión de algo es hacerlo público. ¿Por qué? Porque la gente se aburre y naturaliza aquello que ya tiene más que visto, ¿o acaso no ha dejado usted de recibir mensajes con la imagen del afrodescendiente del Whatsapp? Hasta los del Estado Islámico se dieron cuenta que sus videos con enteritos anaranjados y cuchillos afilados ya no conmovían, de tan reiterativos que se habían vuelto.

Por eso, si yo fuera un hombre de Tenfield, haría primerísimos primeros planos de esas pancartas y le garanto que al cabo de dos o tres fechas, se termina la joda. Los Etulaines volverán a acomodarse la joggineta, los Agustines a hacer poemas, los Salgueiros a salir en falso, y el mundo Tenfield seguirá adelante, con su sed arrolladora de dignidad irrestricta para los de pantalón corto.
Porque encima eso: a los jugadores sediciosos los han ido sacando de a uno. Al mencionado portero danubiano lo han convertido en tercer arquero (y ya hemos hablado de la utilidad del tercer arquero, similar a la de las encuestas a boca de urna), al poeta Lucas no le han renovado el contrato, y otro tanto han hecho con Bigote López, algo así como si el ejército escocés desafectara a William Wallace. Para peor, naturalmente se les cerrará una de las salidas laborales más habituales de los futbolistas dignificados que cuelgan los botines (la mesa de K-Pos). Y ni siquiera, claro está, podrán ir a jugar al Equipo de la Mutual.

Craso error de los comandados por Enrique Saravia. ¿Quién sabía quiénes eran Etulain, Lucas y López hace dos años? Los hinchas de Danubio, Miramar y Villa Española solamente. Es decir, un par de miles de personas.

Ahora, empero, son los símbolos locales de un movimiento que encuentra su eco en los Godines, en los Suáreces, y en toda la pléyade de jugadores que ahora se desviven por vestir la celeste, pero bien que cuando había que ir a jugar la Eliminatoria en clase turista, le clavaban el visto al entrenador de turno.

Tenfield y la Mutual son los principales promotores –involuntarios– de un movimiento tendiente a quebrar el monopolio de poder del que han hecho gala en los últimos 20 años de nuestro alicaído balompié. En ellos está el revertir este proceso antes de que Muslera se lesione y Etulain sea titular en el debut mundialista en suelo soviético (porque de ser amigo de Godín a ser amigo de Tabárez, hay un paso).

Parafraseando a Heber Pinto, cuando le hablaban del comunismo: “hay que pararlo de alguna manera”.

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